30 de julio de 2009

Cuando el ordenamiento territorial llegó a la enseñanza de la arquitectura

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Al comenzar el siglo XXI era casi imposible hablar de odenamiento territorial en la enseñanza de la arquitectura en Colombia. Hoy, no sólo se ha generalizado en los contenidos curriculares, sino que se convirtió en un tema de enorme importancia en la práctica profesional. La incursión de estos conocimientos en el pensum de la carrera no vino sola, ni se debió al esfuerzo obstinado de algunos profesores por capacitar a sus estudiantes en unos temas que la práctica profesional estaba demandando con mayor fuerza. En realidad obedece a una serie de factores que comenzaron a actuar sistemáticamente y que las estructuras rígidas de la academia no lograban reconocer con la suficiente celeridad. Quizás los más importantes son:

- La crisis ambiental como producto de la transformación de un mundo rural en otro basado en ciudades.

- La revaloración del sentido de lo público como determinante fundamental de la ciudad y el urbanismo, y la mayor conciencia del Estado por retomar su liderazgo.

- La crisis urbana en Colombia, derivada del agotamiento del modelo desregularizado del desarrollo predio a predio.

- La aprobación de la Ley 388/97 o Ley de Ordenamiento Territorial y la necesidad de contar con profesionales capacitados para su implementación en los municipios colombianos.

- La presión cada vez más creciente por renovar el currículo de la enseñanza de la Arquitectura cuyos contenidos y metodologías han permanecido casi inmodificables desde la aprobación del primer programa de arquitectura en Colombia en la década de los años 30.

- La aparición de los primeros programas de formación posgradual en temas de urbanismo, planeación, ordenamiento territorial y medio ambiente en Colombia, luego de un largo período en que sólo un selecto número de profesionales de la arquitectura podían formarse en el exterior al nivel de maestrías o doctorados, a excepción del posgrado en Planeación Urbano-Regional de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, fundado en la década de los 60.

- La diversificación de los campos de acción de los profesionales de la arquitectura que les ha demandado nuevos conocimientos y competencias.

Podríamos detenernos en ahondar la incidencia que cada uno de estos factores ha tenido en la enseñanza de la arquitectura, pero esto sería tema de otro escrito. Más bien, nos interesa constatar que al comenzar el siglo XXI se evidenció la necesidad de abrir los campos de estudio y sus posibilidades de proyección. En efecto, todos estos cambios en el contexto internacional, nacional y local, abrieron la discusión sobre la enseñanza de la arquitectura, y particularmente, sobre la conveniencia de superar la idea tradicional de formar un profesional orientado a la proyectación del edificio como objeto de análisis y núcleo de la profesión, a otra mucho más compleja y exigente para los nuevos tiempos, como la de abrirse al reconocimiento de la diversidad de áreas del actuación que el propio ejercicio profesional estaba generando.

Los cambios de eje en la enseñanza y el ejercicio profesional: Un antídoto contra la crisis de la arquitectura.

En la búsqueda de esos cambios se trataba de preguntarse si el eje de la arquitectura continuaba siendo el restringido campo del oficio en torno al diseño arquitectónico, o si por el contrario, ante la academia se desplegaba un sinnúmero de posibilidades de actuación del arquitecto que van desde el uso y aplicación de las nuevas tecnologías en los diferentes campos del ejercicio profesional, pasando por las múltiples metodologías para abordar el proyecto, según la escala de análisis y de actuación, hasta la necesidad de reclamar un nuevo estatuto ético que ponga a la profesión en situación de igualdad con otras disciplinas en la generación de políticas públicas para cada uno de sus ámbitos de actuación. En últimas, el debate conducía hacia la posibilidad de reconocer o no una cierta mayoría de edad de la arquitectura, tanto a nivel profesional como disciplinar.

Lamentablemente, es muy posible que aún estemos en el escenario de un adulto que se niega a reconocer su condición y continúa bajo el abrazo protector de otras disciplinas en cuanto a sus preocupaciones epistemológicas y ontológicas, o peor aún, en franca dependencia con un ser asexuado llamado “cliente” que marca el devenir de la arquitectura en función de unos principios éticos ajenos a la disciplina, ligados a los intereses del capital y del mercado. Sin embargo, justo es reconocer que hay perspectivas promisorias de superación de tal estado de cosas.

Es precisamente el cambio de eje, de lo privado a lo público, o mejor, del edificio a la ciudad, que la arquitectura ha comenzado a salir de su propia crisis. Es en torno a la perspectiva de orientar la arquitectura hacia la solución de problemas complejos como máxima expresión del aporte de la profesión al interés general, público y colectivo, por donde comienzan a evidenciarse los caminos para trascender del oficio a la profesión y de ésta a la disciplina con sus propios estatutos teóricos y metodológicos.

Que no nos de temor abordar esos nuevos retos.

30/07/09

24 de julio de 2009

Arquitectura y soberanía

Restaurante en las playas de Juanchaco, Colombia.

Un grito desesperado por la dignidad de Colombia

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

¿Y qué tiene que ver arquitectura con soberanía?, preguntarán mis colegas. Yo diría que mucho, sobre todo si trasladamos nuestros recuerdos hasta hace dos décadas, un tiempo fugaz en el devenir de Colombia. No olvidamos el instante en que una escuelita y un puesto de salud construidos en Juanchaco y Ladrilleros -dos pequeñas aldeas en las costas del mar pacífico colombiano- echaron por la borda los sueños de democracia, soberanía y libertad consagrados en la reforma constitucional de 1991. Seis años después de que se abriera esa luz de esperanza para lograr la paz interna mil veces negada, se frustraron los sueños para miles de demócratas colombianos, entre los cuales me incluyo. En efecto, al finalizar esa década (1997) se reformó la constitución con dos temas fundamentales, la aprobación -una vez más- de la extradición de colombianos hacia EEUU, y la prohibición de la expropiación por motivos de utilidad pública e interés general, para devolver la “seguridad jurídica” a los capitales extranjeros. Un anticipo de lo que luego sería llamado eufemísticamente “la confianza inversionista” por parte del actual gobierno.

En 1998 esta reforma comenzó a tener sus primeros efectos. Un puñado de militares norteamericanos, aparentemente inofensivos, algunos vestidos de “contratistas”, salieron de la base Clayton en Panamá y desembarcaron en nuestras costas en un típico acto de colonización. Uno más. Trajeron médicos, ingenieros, saltimbanquis y peluqueros, donaron almuerzos y mercaditos a unas poblaciones históricamente olvidadas por el Estado colombiano. Y por supuesto, construyeron la escuelita y el puesto de salud como prolegómeno para ocupar la base militar de Málaga y hacer la pista aérea.

No intervinieron ni arquitectos, ni urbanistas, ni curadores urbanos en la selección del lugar o en los diseños de tales equipamientos, porque seguramente se aplicaron los mismos criterios contemplados en el Convenio de Manta (Ecuador), cuado se advierte que "estas actividades estarán excentas de permisos de construcción y tasas que prevé la legislación de la República del Ecuador". Tal vez ni existan planos que los respalden. Hoy el puesto de salud está cerrado por falta de equipos y la escuelita a duras penas se sostiene. Entre tanto, en la base militar y el aeropuerto se han ido instalando otros equipos altamente sofisticados para combatir el narcotráfico y de paso, hacer inteligencia geoestratégica en la región.

Dicen los historiadores que el gobierno norteamericano pagó al colombiano 25 millones de dólares de compensación por la segregación de Panamá y la posterior adquisición de los derechos sobre el Canal. Por su parte, el nuevo país debió aceptar por un siglo la presencia permanente de militares norteamericanos, controlando al canal y a los panameños. No sin resistencias, por supuesto. Posteriormente, los norteamericanos crearon en Panamá la tristemente célebre Escuela de Las Américas donde se formaron todos los dictadores que anegaron de sangre el suelo de Centro y Suramérica durante casi toda la segunda mitad del siglo XX.

Por contraste, en Colombia, la construcción de la escuelita y el puesto de salud en 1998, fue suficiente para pretender convertir al país, una década después, en una gigantesca base militar norteamericana policéntrica, luego de que los ecuatorianos, en un acto de soberanía y dignidad, suspendieran el convenio de ocupación de la base de Manta. Entonces, EEUU ofreció a Colombia la posibilidad de trasladar sus equipos militares a tres bases colombianas, Malambo en la costa norte, Palanquero a 100 kms de Bogotá y Apiay en el Meta.

Como anticipo de la toma militar de la base de Malambo, los ingenieros norteamericanos ya terminaron de construir otra escuelita y de ñapa un jardín infantil en una de las zonas más pobres y marginadas de Cartagena. Tampoco requirieron de permisos de construcción ni se asesoraron de un profesional competente para sus diseños arquitectónicos y constructivos.

Dicen también las noticias que el gobierno colombiano en un acto de gratitud por los favores recibidos, ofreció otras bases militares más, las de Larandia en Caquetá, Tolemaida en Tolima y Málaga en Buenaventura; en este último caso, el gobierno colombiano no tiene intensiones de reclamar nuevos recursos para garantizar el mantenimiento de la escuelita y el puesto de salud para no ponerle más arandelas a la firma del convenio. En todas ellas ya hay presencia militar norteamericana, así como en Puerto Carreño (Vichada) y Tres Esquinas (Caquetá) en donde sus radares monitorean el continente.

Una mentirilla piadosa de los gringos fue advertir que no se inmiscuirían en el conflicto interno colombiano. Hoy ese conflicto dejó de ser interno por las siguientes razones en las que han estado comprometidos personal civil y militar norteamericano: Cuando tres “contratistas” norteamericanos que hacían labores de inteligencia cayeron en las selvas colombianas y fueron apresados por un grupo subversivo; cuando la tristemente célebre United Fruit Company (hoy Chiquita Brands) admitió públicamente que habían financiado a los paramilitares para asesinar sindicalistas y campesinos del Urabá antioqueño, sin ningún efecto penal en Colombia; y cuando un grupo de militares colombianos, con la asesoría técnica norteamericana, irrumpieron en territorio ecuatoriano para bombardear un campamento de la guerrilla colombiana.

Con estos antecedentes, y el calificativo de auxiliadores de terroristas que de tanto en tanto se le zafa al presidente Uribe para referirse a sus homólogos de Venezuela y Ecuador, es difícil pensar que la generalizada presencia norteamericana en Colombia no se constituya en una verdadera amenaza para la región, menos aún cuando existen otros precedentes como la inmunidad diplomática para los militares norteamericanos que ha dejado impunes otros casos más, entre los cuales está el bombardeo a civiles en Santo Domingo (Arauca) con un saldo de 17 civiles muertos, luego de que “contratistas” norteamericanos le dieran a pilotos colombianos las coordenadas para el ataque o el episodio de los militares norteamericanos cogidos en flagrancia traficando cocaína desde Colombia o la violación de una menor por parte de dos marines norteamericanos en la base de Melgar. Ninguno de ellos ha pagado un solo día de cárcel, ni en Colombia ni en EE.UU.

Si la soberanía nacional y la paz en Latinoamérica depende de encontrar quién construya escuelitas y centros de salud en las áreas marginadas que rodean las bases militares colombianas, yo le propondría a mis colegas arquitectos que nos ofrezcamos como voluntarios para diseñar y construir gratuitamente los equipamientos civiles que sean necesarios, a condición de que los militares norteamericanos se queden tranquilitos en las bases de su país.

25/07/09

21 de julio de 2009

Sin un nuevo código de urbanismo y construcción no hay ordenamiento territorial posible en Manizales

Violación permanente de las normas de convivencia ciudadana. Manizales.

Por Luis Fdo. Acebedo R.

¿Por qué razón la ciudad de Manizales, después de aprobar su POT en el año 2001, haber hecho una primera revisión en el año 2003 y otra en 2007, aún no logra ponerse de acuerdo en la aprobación de sus normas de urbanismo y construcción, cuya última versión data del año 1993?. Esta es una inexplicable paradoja que puede tener múltiples interpretaciones.

Una de ellas tiene que ver con la aparente resistencia de los promotores inmobiliarios y los particulares en general para lograr la confluencia de las antiguas normas de urbanismo y construcción inspiradas en el desarrollo predio a predio, con las normas estructurales del ordenamiento territorial, que por su naturaleza, deberían partir del interés general y colectivo de la ciudad.

En efecto, tanto el sector público como el privado, han gestionado la ciudad a partir de motivaciones coyunturales y aisladas, aparentemente inspiradas en un interés general, pero de gran fragilidad en la consolidación de la estructura urbana y el modelo de ocupación territorial. Es por eso que históricamente la mayor dinámica de la ciudad se ha dado a partir de la construcción de infraestructuras o equipamientos, cuyo producto final casi siempre es deficitario en términos de las obras de urbanismo que demandan para su adecuado funcionamiento: Proyectos viales con amplias restricciones para la movilidad peatonal y precarias dotaciones de mobiliario urbano; equipamientos públicos infradotados; incremento constante del parque automotor privado sin soluciones integrales a los conflictos crecientes en la movilidad, tránsito y transporte; autorizaciones de usos del suelo con mínimas exigencias en cuanto a los requerimientos urbanísticos de soporte; entre otras experiencias que hacen pensar que en Manizales la dinámica del desarrollo urbano está más asociada a la construcción de proyectos de infraestructura con estándares mínimos de calidad que al ordenamiento territorial propiamente dicho.

El asunto no sería fácil de comprender si de antemano no se partiera del reconocimiento de unas prácticas y tradiciones que han prevalecido en Manizales durante más de un siglo de crecimiento urbano inspirado en el concepto de una visión ingenieril que ha puesto su énfasis en las infraestructuras como máxima expresión de progreso y desarrollo. Los pocos intentos de planeación urbana en Manizales siempre han fracasado; quizás el de mayor impacto haya sido el Plan Maestro de Obras para la celebración del centenario de la ciudad a mediados del siglo XX, que se prolongó por casi 20 años y permitió la confluencia de recursos nacionales, departamentales y municipales. Pero más que un plan, significó la posibilidad de dinamizar la economía urbana a través de obras cuya sumatoria no necesariamente representaron un ideal de ciudad “moderna y progresiva” como se sostenía en aquella época.

Esto explica de alguna manera, las enormes debilidades del POT actual para instaurarse como un proyecto colectivo de ciudad y la mayor dinámica que tiene el código de construcciones de 1993, anacrónico y descontextualizado, como único instrumento eficaz que regula a los promotores inmobiliarios en su dinámica edilicia. En el intermedio de esta relación existen grandes vacíos en aspectos sustanciales que regulan el derecho de propiedad y el valor de los precios del suelo, como por ejemplo, la libertad de usos del suelo en toda la ciudad, la expansión urbana en cualquier dirección según la dinámica del mercado –incluso en los centros poblados que rodean la cabecera municipal- y la resistencia a aprobar los instrumentos de gestión urbana o un acuerdo de plusvalías como base para la repartición equitativa de las cargas y los beneficios que se derivan de las actuaciones urbanísticas.

Sobre esta base, es lógico entender las razones por las cuales la ciudad de Manizales aún no logra incursionar apropiadamente en el uso del Plan Parcial como instrumento de planeación intermedia en la ciudad y como mecanismo para regular las actuaciones urbanísticas en determinadas porciones de su territorio. También es posible inferir la prevalencia histórica del concepto del “mínimo necesario” que aplican los promotores inmobiliarios en el desarrollo de sus proyectos, en contraste con la lógica de “la máxima rentabilidad” de sus operaciones urbanas.

Tal y como lo planteó la administración distrital de Bogotá (2003) en la exposición de motivos para aprobar las normas de participación de las plusvalías en su ciudad “el proceso de la gestión estatal de la urbanización de la tierra termina siendo un factor de especulación y eventual exclusión social”. Esto quiere decir que la especulación urbana no sólo es atribuible a los particulares; el propio Estado puede interferir de manera sustancial en ese proceso, aún dentro de la dinámica del Ordenamiento Territorial. Esta parece ser la realidad en la ciudad de Manizales. El POT se convirtió en un documento meramente indicativo, sujeto a permanentes cambios o incluso a su desconocimiento por la propia municipalidad, mientras que las decisiones sobre el territorio se toman al tenor del Plan de Desarrollo de cada Administración o a la dinámica inmobiliaria de los particulares, según los vaivenes de la economía de la construcción.

Plan de Desarrollo y Ordenamiento Territorial hacen parte de una dicotomía en la esfera de lo público que aún no logra resolverse en función de los intereses superiores de la colectividad. Así como las inconsistencias entre el Ordenamiento Territorial y el Código Urbano representan para los promotores inmobiliarios una oportunidad para moverse libremente entre uno u otro según los intereses coyunturales.

¿Cuándo podremos lograr que los intereses públicos y colectivos representen el gran acuerdo ciudadano sobre los cuales puedan regularse las actuaciones legítimas de los particulares y de las administraciones de turno?

21/07/09

14 de julio de 2009

Barcelona: Entre la homogeneidad posmoderna y la complejidad citadina.

Arriba: Recuperación del litoral marítico para la realización de los juegos olímpicos de 1992. Barcelona.
Abajo: Casa de "okupas" en los alrededores del Parque Güell. Barcelona.

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Barcelona es una de esas ciudades europeas que trabajan intensamente en la idea de ocupar un puesto destacado en el contexto de las ciudades globales, así como en constituirse en una ciudad del conocimiento.

En la literatura especializada, ciudad global y ciudad del conocimiento son tratados como sinónimos. La verdad es que podrían llegar a ser proyectos diametralmente opuestos. Es evidente el esfuerzo que hace una Barcelona por atraer capital extranjero y convertirse en sede de las principales empresas financieras y de servicios del mundo, mediante toda suerte de artilugios políticos, jurídicos, económicos y espaciales que la hagan atractiva (competitiva) a los mercados más prósperos y dinámicos del siglo XXI. Pero, también es cierto que otra Barcelona está trabajando denodadamente por ser una ciudad del conocimiento haciendo énfasis, principalmente, en el logro de la calidad de vida y de la educación, el derecho a estar informado mediante el uso masivo de las TIC, la transformación productiva basada en conocimiento, la sostenibilidad ambiental, la cohesión social, entre otras.

Desde el punto de vista territorial Barcelona es considerada una gran metrópoli regional y ciudad multicultural, verdadera máquina de producción de bienes y servicios para Europa y el mundo. Por la misma razón se ha constituido en epicentro de procesos migratorios que buscan nuevas oportunidades laborales o la apertura de mercados emergentes. Es una ciudad que ha venido trabajando en una mutación acelerada de sus infraestructuras a partir de los nuevos paradigmas tecno-científicos y de la crisis de las industrias manufactureras que se constituyeron en la base de su economía en el siglo XX.

Ejemplos paradigmáticos de su interés por hacer parte de las ciudades globales altamente competitivas son, por ejemplo, las infraestructras construidas para los Juegos Olímpicos de 1992, el Forum de las Culturas del 2004 o el Plan “22@Barcelona: el distrito de la innovación”, actualmente en desarrollo. Estos macroproyectos urbanísticos han servido para recuperar el litoral marítimo que la zona industrial había convertido por décadas en el lugar de sus desechos. Hoy es un inmenso boulevard de “clase mundial”, como llaman algunos a la homogenización espacial según los intereses de empresarios o turistas de élite, con extensas playas blancas artificiales y aséptcas en el reino del simulacro y la posmodernidad arquitectónica y urbanística.

En la actualidad, el proyecto más ambicioso es la revitalización de la zona industrial de "Poblenou" con la localización de las actividades más innovadoras de la economía del conocimiento. Se trata de la renovación urbana de 115 manzanas del clásico proyecto urbanístico desarrollado por Ildelfonso Cerdá, más conocido como el Ensanche, equivalente a más de 198 hectáreas, en la cual se mezclan usos no contaminantes con viviendas, zonas verdes y equipamientos. Se busca que este sector se convierta en la centralidad más importante de la economía del conocimiento, por su excelente accesibilidad urbana, metropolitana e internacional. Se conecta con la red nacional de autopistas, tiene acceso a varias líneas de metro, un tranvía y la red de autobuses; está a poca distancia de la estación central del tren de alta velocidad que actualmente se está construyendo, entre otras infraestructuras.

En esta zona se ha diseñado el desarrollo de cuatro clusters a través de los cuales Barcelona considera que puede alcanzar un liderazgo internacional: Energía, Media (sector audivisual), Tecmed (Tecnologías Médicas) y Tic. Todos ellos en alianza con varias universidades y centros de investigación que han tomado la decisión de localizarse dentro del proyecto 22@ para desarrollar las sinergias necesarias con el sector empresarial, entre las cuales se encuentra la Universidad de Barcelona y la Universidad Politécnica de Cataluña.

Pero todos estos proyectos, legítimos en cuanto a la búsqueda de nuevas opciones productivas frente a la crisis del capitalismo industrial, resultan muchas veces chocantes y hasta frustrantes para los habitantes cotidianos de la ciudad. Especialmente cuando, como dice Manuel Delgado (2007), esas búsquedas terminan convirtiéndose en "ciudades-fashion", en escenografías o parques temáticos de la nueva sociedad de los servicios y el consumo globalizado. En efecto, para aquellas ciudades que buscan afanosamente un lugar en los mercados globales de consumo, la gestión urbana ahora se entiende como marketing y la gobernabilidad se asimila a la gerencia privada o governance. A ella se le atribuye el éxito y la eficiencia en la administración de los recursos, por oposición al fracaso y burocratismo del Estado Keynesiano en el manejo de lo público y lo colectivo. Pero como se ha podido demostrar en estos últimos tiempos de crisis del libre mercado, los nuevos gerentes de ciudad también dilapidan recursos, descapitalizan las ciudades con la privatización de los bienes públicos y con frecuencia olvidan que la razón de ser de ellos como gobernantes no son los turistas, ni los capitales extranjeros que van y vienen como golondrinas – o quizá como halcones en busca de presas fáciles –; la verdadera razón de ser de los gobernantes son los ciudadanos.

Entonces, ahí es cuando uno entiende como visitante de esta hermosa y compleja ciudad, porqué los barceloneses reivindican su condición de ciudadanos, por oposición al tratamiento como consumidores; defienden el derecho al espacio público, el verdaderamente público y colectivo, como el que se ha perdido en las Ramblas para su uso y disfrute cotidiano, por la invasión de un enjambre de turistas que van y vienen tratando de encontrar en su majestuosidad la historia decimonónica del urbanismo monumental del barón Haussman de Paris, mientras ignoran casi por completo la existencia y sobriedad del urbanismo industrial de Cerdá, traducido en su proyecto progresista de Ensanche de Barcelona. Por allí caminan a diario los turistas, enceguecidos en la búsqueda de la monumentalidad aristocrática de las edificaciones gaudianas o la singularidad fálica de la torre Agbar o la parodia del arco del triunfo francés de inspiración neomudéjar.

Es la ruta de la Barcelona sin barceloneses o de las ciudades sin sujetos. Esas no me interesan.

16/07/09

10 de julio de 2009

La intrascendencia del oficio en Arquitectura

Aspecto de la Biblioteca Nacional Francoise Mitterrand. París.

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Una corta mirada a la enseñanza de la Arquitectura permite descifrar que luego de la creación del primer programa académico en Colombia a partir de los años 30 del siglo XX, la profesión tuvo especial relevancia hacia los años 50 bajo la influencia del movimiento moderno y los Congresos CIAM, por un lado, y de la búsqueda de alternativas concretas a la solución de problemas relacionados con la vivienda, a través del Centro Interamericano de Vivienda y Planeamiento – CINVA– auspiciados por la OEA y la Universidad Nacional de Colombia, por otro. En ambos casos, tanto la universidad como las ciudades se volvieron laboratorios permanentes de experimentación, y los temas de la Arquitectura en Colombia y Latinoamérica adquirieron gran relevancia nacional e internacional como puede constatarse en una significativa producción literaria de la época que aún permanece a la espera de su racionalización en los anaqueles de la biblioteca del SINDU de la Universidad Nacional en Bogotá.

Posterior a estos hechos, podría decirse que la arquitectura en Colombia entró en crisis, no solamente porque perdió el liderazgo nacional e internacional que alcanzó en aquellos tiempos, sino porque no logró trascender el nivel del oficio, perdiendo toda credibilidad como instrumento para la solución de problemas complejos. Desde el punto de vista académico, la formación en torno al oficio del arquitecto, como preocupación de primer orden, tuvo diversas implicaciones: El taller de arquitectura, en donde se debatían las grandes tendencias nacionales e internacionales y se concretaban propuestas para la solución de problemas en diferentes escalas de análisis, se redujo a un proceso mecánico y mecanicista de transmisión de habilidades y destrezas en el oficio del diseño arquitectónico. En este sentido, la perspectiva humanista y la búsqueda de liderazgo que ello implicaba en las diferentes áreas del conocimiento de la arquitectura se fueron difuminando en torno a la subdivisión en compartimentos estancos, dejándo de confrontarse con la práctica social cotidiana.

Es el momento en que los énfasis se colocaron en la práctica del oficio y no en el desarrollo de la disciplina. En la formación como especie de “artesanos” del diseño de objetos y no en el liderazgo para la solución de asuntos problemáticos del espacio y el territorio en las diferentes dimensiones y connotaciones del hábitat. Esa práctica desafortunada, también nos colocó del lado del “arquitecto y su obra” como expresión de reafirmación de la individualidad, abandonando una concepción más amplia, universal y colectiva relacionada con la “arquitectura y el hábitat humano”. En consecuencia con ello, se debilitaron o desaparecieron asignaturas que nacieron con la arquitectura, tales como el urbanismo, la historia, las teorías del arte y la arquitectura, la vivienda, entre otras, que poco significaban para la tarea de formar en la práctica rutinaria del oficio específico del diseño arquitectónico. Ellas adquirieron, en el mejor de los casos, un carácter instrumental, secundario, contextual, o simplemente, desaparecieron de los programas de enseñanza.
Pero los hechos fueron más contundentes que el inmovilismo académico en la enseñanza de la arquitectura. Mientras los programas académicos reducían cada vez más su objeto de estudio en una especie de suicidio intelectual, al concentrar sus esfuerzos en la formación de un profesional exitoso por el número de edificios diseñados a las corporaciones financieras o al diseño de la casa de un ilustre empresario o político, o la satisfacción de las excentricidades arquitectónicas de las economías emergentes, la práctica de la profesión exigía unos niveles de actuación cada vez más diversificados y casi todos ellos orientados a la búsqueda de soluciones a problemas sociales de gran impacto colectivo. Se trataba por supuesto de la recuperación del espacio público, la atenuación de los problemas ambientales urbanos, la vivienda de calidad para los sectores más pobres de la población, los equipamientos colectivos, la movilidad urbana, la renovación de las áreas céntricas deterioradas, entre otros temas que el Estado había delegado en el mercado y que obviamente el mercado había aplazado indefinidamente.

Muy tímidamente, los primeros en ver la necesidad de ampliar el campo de actuación fueron las asociaciones de arquitectos y especialmente el Consejo Profesional de Arquitectura y Profesiones Afines, quienes impulsaron la aprobación de la Ley 435 de 1998 por la cual se reglamentó el ejercicio de la profesión. Allí se definió el ejercicio profesional de la arquitectura como una “actividad desarrollada por los arquitectos en materia de diseño, construcción, ampliación, conservación, alteración o restauración de un edificio o de un grupo de edificios”. Y a renglón seguido planteó que tal ejercicio profesional “incluye (sic) la planificación estratégica y del uso de la tierra, el urbanismo y el diseño urbano”. Un gran esfuerzo, valga la pena decirlo, para una actitud tan dogmática como la que prevaleció en los años precedentes. Pero era entendible, pues luego de la Ley de Ordenamiento Territorial (ley 388 de 1997) y sus decretos reglamentarios, una buena parte de las nuevas contrataciones y concursos públicos estarían originados en aquellas temáticas que con tanta dificultad se incluyeron como parte del ejercicio profesional.

En últimas, podría afirmarse que había razones de naturaleza económica, más que disciplinares, presionando por esta apertura a nuevas áreas del conocimiento. Aún así, la academia seguía sorda y muda a estos cambios, imbuida en una torre de marfil casi impenetrable. Sólo hasta comenzar el siglo XXI las escuelas de arquitectura iniciaron la discusión sobre la posibilidad de incluir nuevos temas en la última fase de la formación profesional como una opción para brindarles a los estudiantes de últimos semestres y a sus profesores, la oportunidad de volver por los fueros de la investigación en torno al proyecto arquitectónico, urbano y territorial. Ojalá pueda seguirse avanzando en esa dirección, por que claro, hay quienes también encuentran una contradicción entre la creatividad y la investigación y defienden la idea de que ésta última sólo puede alcanzarse en el tercer ciclo de formación universitaria. Craso error.

12/07/09

5 de julio de 2009

Releyendo a Piccinato

Calle residencial en la isla de Murano, Venecia, Italia.


Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Hace un par de años (2007), tuve la oportunidad de asistir en Caracas al lanzamiento del último libro de Giorgio Piccinato titulado “Un mundo de ciudades”, coeditado por la Fundación para la Cultura Urbana y la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela. Del intercambio de ideas con Piccinato durante más de una semana, me sorprendió su amplio conocimiento de las ciudades de Europa, Asia y América, pero por sobretodo, su interés por establecer diferentes criterios de análisis para interpretar las ciudades, según su historia y su cultura. No olvidemos que las dinámicas de globalización actual (las neoliberales, por supuesto) tratan de imponer la homogeneidad y el unanimismo en el pensamiento, la cultura, la sociedad y el territorio.


Por esos días he estado releyendo nuevamente sus contenidos. Quiero compartir algunas impresiones sobre uno de los capítulos centrales del libro, titulado “El uso de la historia”, en el cual se desarrolla una tesis principal relacionada con la necesidad de establecer una diferencia sustancial entre la manera como los países de larga tradición histórica y económicamente avanzados han entendido los temas de la conservación y el patrimonio de las ciudades, respecto a como pueden hacerlo los países de historia más reciente. Esta Tesis, se apoya en cinco (5) ideas fuerza que argumentan con más detalle el sentido de sus planteamientos:

1: La historia tiene muchos usos y las ciudades son parte de la historia, por ello la historia urbana puede ser utilizada de diversas maneras.
Esta idea es fundamental en el desarrollo de su argumentación, aunque no se presenta desde el comienzo del texto. Se trata básicamente de poner en evidencia que la historia refleja un esfuerzo interpretativo de los hechos, y por lo tanto, sobre un mismo acontecimiento pueden desarrollarse múltiples historias. La ciudad física es una de esas huellas que las sociedades dejan en su devenir por la historia. Pero cuando esas huellas desaparecen, y con ellas la historia, algunas sociedades tienden a reproducirla como expresión “legítima” del patrimonio construido. Más recientemente esta manera particular de buscar identidades y referentes históricos se está expresando en el Turismo Cultural con sus parques temáticos como una manera de redescubrir la historia desde la globalización.

2: La protección del patrimonio histórico en los países pobres y en aquellos con economías emergentes tiene connotaciones diversas a las que se presentaron, por ejemplo, en Europa. Esta afirmación, que parece de perogrullo, tiene especial importancia sobre todo porque en los países de América Latina predominó una corriente de pensamiento eurocentrista que consideraba que la historia de nuestras ciudades y sociedades comenzaba con la colonización de España, desconociendo los importantísimos aportes de las sociedades indígenas que tuvieron un significativo desarrollo, mucho antes incluso de la presencia hispánica en nuestro continente.

3: Se amplió el tiempo que reconocemos como histórico: La historia no es solamente la de épocas remotas, sino que incluye también nuestra época.
En este sentido, no sólo son valiosos los cascos urbanos que se consideran históricos por ser representativos de una trama originaria de las actuales ciudades, sino que en ellas se superponen una serie de tramas urbanas y objetos representativos de momentos históricos sucesivos y de épocas particularmente importantes en el devenir de las ciudades.

4: La modernización parece inseparable de la eliminación del pasado, así de urgente es el deseo de homologación a los modelos extranjeros.
En efecto, la llamada “modernidad” capitalista, por el carácter progresista y emancipador de la sociedad respecto a las sociedades coloniales, representó un intento por borrar de las ciudades y las sociedades todo aquello que fuese expresión del pasado o de las particularidades de cada región o nación. Podría decirse que un segundo intento de homogenización global se dio en nuestros países durante el siglo XX, esta vez en nombre del higienismo y de las innovaciones técnicas. Y probablemente, la llamada sociedad del conocimiento esté tras un tercer intento, cuyo núcleo se encuentre en los espacios globales con sus propias infraestructuras "de clase mundial", leyes supranacionales e idioma universal.

5: La dificultad para constatar la autenticidad de un monumento antiguo, así como también de cualquier obra de arte.
La mayoría de las culturas y sociedades de Europa y Asia conservan gran parte de sus características milenarias, que les confieren una gran identidad a sus pueblos. Esto es evidente no solamente por los monumentos que han sobrevivido a todos los conflictos y guerras, sino también por las tradiciones materiales e inmateriales, el arte, los libros y paisajes. Entre tanto, los referentes históricos y culturales en América son, con respecto a Europa, mucho más recientes. No solo por el significado que tuvo la desaparición de las principales y más antiguas culturas indígenas, sino por la velocidad de los cambios que se han producido en apenas 500 años de historia reciente. Semejante dinamismo social, cultural y físico, coloca en entredicho el significado de la palabra “autenticidad” en tanto que no hay referentes suficientemente claros que den testimonio del origen de las cosas. Las ciudades son quizás la mayor expresión de este fenómeno, pues en América Latina ellas se han construido y reconstruido como ninguna ciudad europea lo haya hecho en su historia.

10/07/09

3 de julio de 2009

¿Es la región Eje Cafetero un territorio del conocimiento?

Lo que dicen los indicadores de casi una década en actividades de ciencia, tecnología e innovación.

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

A comienzos del mes de marzo de 2009, se publicaron los indicadores en Actividades de Ciencia, Tecnología e Innovación –ACTI– del Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología. Lo interesante de este informe es que cubre un período bastante amplio, desde los años 2000 a 2007, lo cual permite mirar en perspectiva la situación de la investigación en Colombia. Lamentablemente este informe no integra otros resultados muy interesantes que miden los avances del sector productivo en estas materias, como la Encuesta de Desarrollo e Innovación Tecnológica (2005), publicada por el DANE. A pesar de ello, su lectura sugiere muchas reflexiones. Quisiéramos hacer algunos comentarios relacionados con la región del Eje Cafetero, especialmente los departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda:

La región, a pesar de tener un tamaño relativamente pequeño en el concierto nacional ocupa un quinto lugar en el desarrollo de proyectos ACTI en el país. Sin embargo, a nivel nacional es evidente la marcada tendencia a la concentración de la inversión en Bogotá y Medellín, principalmente.

Desde el punto de vista de los proyectos de investigación, a nivel regional se observa un mayor interés por orientarse hacia los siguientes Programas Nacionales de Ciencia y Tecnología (PNCyT): Ciencia y tecnología agropecuaria; desarrollo tecnológico, industrial y calidad; electrónica, telecomunicaciones e informática, estudios científicos de la educación; biotecnología; ciencias del medio ambiente y el hábitat; ciencia y tecnología de la salud; ciencias básicas. Cada departamento reporta sus propias fortalezas y debilidades en estos campos: Caldas es fuerte en ciencia y tecnología agropecuaria y desarrollo tecnológico industrial y calidad, pero paradójicamente débil en ciencias del medio ambiente y el hábitat; Quindío concentra únicamente sus esfuerzos en ciencias y tecnología de la salud y ciencias básicas; Risaralda es fuerte en ciencias del medio ambiente y el hábitat y ciencia y tecnología de la salud. Caldas y Risaralda van mostrando indicadores crecientes en biotecnología.

Al comparar los proyectos ACTI –que son principalmente los resultados de los grupos de investigación adscritos a Colciencias– con las agendas internas para la productividad y la competitividad –que reflejan principalmente el interés del gobierno y las cámaras de comercio– se observa cierta incoherencia entre unos y otros, o mejor, entre las capacidades reales de investigación (academia) y los propósitos de los sectores productivos (empresas). Veamos:

De acuerdo a los indicadores de ACTI, en Caldas hay muy poca tradición en investigación asociada a la energía y minería, sin embargo, se ha seleccionado como una de las principales apuestas productivas; mientras que es destacada la investigación en electrónica, telecomunicaciones e informática, pero no hay una apuesta productiva al respecto. En Quindío no hay tradición de investigación en ciencias del medio ambiente y el hábitat, sin embargo, se ha propuesto valorar y proteger la biodiversidad, el medio ambiente y el desarrollo sostenible como una de las tareas prioritarias. Las investigaciones principales están en salud, pero tampoco hay ninguna estrategia productiva al respecto. Se da un valor muy importante al software como una de las cinco apuestas productivas, pero los grupos asociados en el departamento son todavía muy débiles. Los proyectos de investigación en Risaralda son mucho más diversificados y guardan coherencia con sus apuestas productivas.

En general, hay una gran diáspora de grupos de investigación en toda la región, con muy pocos investigadores adscritos. Sobresalen en fortaleza los grupos asociados al café, especialmente Cenicafé en Caldas.

En el campo de las revistas indexadas se evidencia una mayor presencia de las ciencias sociales y humanas y una gran deficiencia en las áreas de tecnologías en general. Evidentemente, las ciencias sociales demuestran una mayor capacidad de difusión de sus conocimientos a través de los medios impresos o electrónicos nacionales. La otra posibilidad, que no excluye lo anterior, es que las llamadas “ciencias duras” privilegien la publicación de sus artículos en revistas extranjeras, lo cual es bastante factible. La Universidad Nacional, sede Manizales, paradójicamente, no tiene ninguna revista indexada. Aquí hay una señal de alerta grave para esta institución.

Estos datos nos remiten a la urgente necesidad de avanzar en la formulación de una política regional en Ciencia, Tecnología e Innovación, que aún no existe. Y obviamente, el imperativo de concretarla con la sinergia de todos los actores: Academia, gobierno, sector productivo y sociedad civil. O mejor, trabajemos por un sistema territorial de innovación en la ecoregión Eje Cafetero para que los intangibles del conocimiento puedan materializarse integralmente en los tangibles del desarrollo territorial.

Para mayor información, ver: http://www.ocyt.org.co/

04/07/09

1 de julio de 2009

El futuro de Panamá como ciudad global


A propósito de la posesión de Martinelli como presidente 2009-2014.

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Panamá es un centro de servicios y comercio, estrechamente ligado a la economía global. Quizás por esta razón, la ciudad capital sufre de esa especie de “modernización forzada” a la que son sometidas las ciudades emergentes cuando aceptan sumisas las condiciones neoliberales de desarrollo.

Los recursos muy limitados del suelo, han conducido a un crecimiento en altura y densidad en Ciudad de Panamá. No por la presión demográfica, que en general es muy baja, sino por la especulación inmobiliaria, dada su condición de paraíso fiscal. Podría afirmarse que su morfología e imagen urbana se acerca cada vez más a los rascacielos de Nueva York en pequeña escala, especialmente sobre la pequeña burbuja inmobiliaria del sector de Punta Paitilla y la zona costera; mientras la Panamá real mantiene su condición de ciudad subdesarrollada, es decir, pobre, con pésima calidad de los sistemas de drenaje del alcantarillado, un transporte público obsoleto, escasez de vías y calidad de los espacios públicos para sus habitantes.

El canal de Panamá es su principal fortaleza estratégica, y derivado de esta importante infraestructura de transporte marítimo, ha consolidado la zona libre de comercio internacional en la ciudad de Colón y uno de los centros financieros más importantes de latinoamérica. Recientemente, el país comenzó a explotar el turismo ecológico, lo cual está generando dos importantes fenómenos. Por un lado, la ampliación de la oferta hotelera en áreas de frontera, y por otro, un nuevo ciclo de la oferta inmobiliaria, con fuertes implicaciones negativas sobre sus débiles ecosistemas naturales.

La entrega del Canal de Panamá por parte del gobierno norteamericano, luego de un siglo de explotación, abrió nuevas expectativas sobre el uso de sus infraestructuras. Una de ellas fue la antigua base militar Clayton, hoy convertida en “Ciudad del Saber”, un área de más de 120 hectáreas dotada de amplias zonas verdes, equipamientos deportivos y un conjunto de 300 edificios de mediana altura unidos por un anillo vial. Su localización estratégica al lado del Canal de Panamá, del antiguo aeropuerto militar hoy habilitado para vuelos comerciales, de la red férrea interoceánica de transporte de mercancías desde el Puerto Marítimo hasta Ciudad Colón, y más recientemente, de la Terminal de Transporte Intermunicipal, la convirtieron en un área especialmente estratégica, tanto para el gobierno panameño como para los organismos internacionales (OEA, PNUD, entre otros).

Desde 1995 se está impulsando el proyecto Ciudad del Saber, liderado por una fundación privada sin fines de lucro, compuesta por representantes de los sectores académicos, empresariales y gubernamentales. Se estructura en torno a cuatro componentes: Formación de recursos humanos, Parque Tecnológico de Innovación, Investigación y Foro Ciudad del Saber. La Ley 6 del 12 de febrero de 1998 estableció las condiciones e incentivos para su funcionamiento, entre los cuales se destacan: Exoneración de impuestos y gravámenes, tanto para las importaciones como para el envío de dinero al extranjero relacionado con el proyecto; concesión de visas a extranjeros vinculados a actividades del proyecto; incentivos a la consolidación del Tecnoparque Internacional de Panamá (TIP), entre otros. Las empresas que se están localizando en la “Ciudad del Saber” están relacionadas con temas como desarrollo de software, biodiversidad, telecomunicaciones, hidrocarburos, laboratorios, aeronáutica, tecnología marítima, entre otras.

La ciudad de los servicios globales también cuenta con proyectos multimillonarios en desarrollo, especialmente en la zona de localización de las grandes cadenas hoteleras y bancos multilaterales. Se trata del megaproyecto “Cinta Costera”, orientado a solucionar la gravísima congestión vehicular de la tradicional Avenida Balboa, que pasó de ser un espacio simbólico de entretenimiento familiar desde mediados del siglo pasado para convertirse en un embotellamiento permanente de vehículos particulares. Todo ello por la falta de previsión y planeación de las autoridades locales y nacionales que se obnubilaron con la expansión acelerada de los proyectos inmobiliarios del sector de Punta Paitilla, sin prever los efectos en la mayor demanda de nuevas vías y espacio público. Con una actitud remedial, ahora se trabaja en este proyecto que mejorará la movilidad vehicular con la ampliación a 10 carriles de la Avenida Balboa y la construcción de dos viaductos elevados; complementariamente rescatará nuevos espacios públicos y ciclovías. El proyecto se basa en un relleno parcial de la bahía, la adecuación de drenajes y aguas residuales para hacerlo compatible con el futuro proyecto de saneamiento de la Bahía Panamá.

Es de suponer que con la llegada a la presidencia del empresario conservador Ricardo Martinelli, las principales inversiones seguirán concentradas en la “ciudad global”, mientras que la “ciudad local”, la de los panameños, continuará sumida en la desesperanza.


01/07/09