23 de enero de 2012

Librería Madero, desplazada por el consumo global.

IMG_3274

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Motivado por un artículo de prensa titulado “Elogio de la librería Madero” de Eduardo García Aguilar (2011)  decidí descubrir por mis propios medios ese mágico lugar de las letras en Ciudad de México, localizado en el histórico Pasaje Madero por donde transitan miles y miles de ciudadanos desde y  hacia la Plaza de la Constitución El Zócalo.

Pasaje Madero, México D.F. 2011.

El artículo de García comenzaba así: “En una época en que una tras otra desaparecen de las capitales del mundo las buenas librerías de viejo para ser reemplazadas por comercios de ropa o comida rápida, la Librería Madero en la Ciudad de México sigue ahí llevando la antorcha de ser emblema mundial de la bibliofilia desde hace 60 años en la capital mexicana”. Cuál no sería mi sorpresa cuando al llegar a ese lugar emblemático, cargado de historias y memorias, encontré a dos veteranos hombres cabizbajos empacando con un dejo de nostalgia cada uno de los libros almacenados en la bodega para luego ser trasladados caja por caja a un nuevo espacio prestado por algún benefactor, quizás aterrorizado por la posibilidad de que la librería pudiera cerrar temporal o definitivamente sus puertas.

Mientras veía fascinado las estanterías escuché a un señor de blanca cabellera decir: “Nos vamos a una casa histórica muy bella, que un amigo nos prestó temporalmente mientras decidimos qué hacer. Está localizada a varias cuadras de aquí, sobre la Avenida Isabel La Católica”. Era Don Enrique Fuentes Castilla, el librero que había asumido la quijotesca tarea de mantener la tradición que desde 1951 emprendieron otros visionarios para lograr que Ciudad de México tuviera un lugar para comprar y vender libros nuevos y usados representativos de la cultura, la historia, las artes, la política,  y otros tantos temas que constituyen la mexicanidad. Yo estaba embelesado mirando varios títulos que encontré a boca de jarro sobre la historia de las ciudades de México. Sin embargo, suspendí mi tarea para luego preguntar: ¿Están de trasteo?. !!Si¡¡, me respondió  tajante un señor detrás del mostrador, de contextura gruesa, piel trigueña y baja estatura. Parecía una especie de Sancho Panza al lado de su fiel escudero Don Enrique Fuentes Castilla. ¿Y por qué?, repliqué. Entonces me respondió: Es que nos subieron el arriendo tres veces. Nosotros llevamos aquí 60 años y nunca habíamos tenido ningún problema, pero a la muerte del dueño del edificio, sus herederos nos impusieron condiciones inaceptables. Quieren que nos vayamos para poner aquí una tienda Xoxo o algún negocio de comidas rápidas.

Tenía razón Eduardo García cuando inició su artículo sobre la librería Madero, sólo que me tocó ser el desafortunado testigo del momento en que semejante predicción tocaba a las puertas de este lugar mágico para confirmar que esta antorcha de la bibliofilia también comenzaba a apagarse, al menos en el estratégico lugar que ocupó desde sus inicios.  Quise quedarme más tiempo, pero el ambiente era poco propicio para auscultar entre las estanterías. Compré un par de textos que me ayudaran a entender un poco más la historia de la formación urbana de esa “ciudad inclinada”, como podría llamarla después de observar el estado de buena parte de las edificaciones antiguas que los invasores españoles construyeron sobre la mítica Tenochtitlán, demostrando el  más aterrador desprecio por la cultura Azteca. Ciudad de México se expandió a costa de la desecación del lago de Texcoco; tal parece que a consecuencia de ello sus edificaciones se hunden lentamente, ayudadas por los terremotos que de tanto en tanto sacuden estos territorios. 

Y así, con mis libros bajo el hombro y un cierto dejo de nostalgia, me alejé de la librería con muchas más preguntas con las que había llegado. Cuando desaparece una librería o se debilita, es sin duda un duro golpe a la cultura, la memoria y la historia de los pueblos. Los nuevos invasores, los mercados globales representados en los almacenes de cadena, las tiendas por departamentos o los supermercados de marca, presionan fuertemente los cambios de uso en los centros históricos, desplazando en primer lugar a los tradicionales residentes, a las artes, el buen cine, las librerías y bibliotecas; en fin a los servicios menos rentables.

Este no es un fenómeno de las grandes metrópolis, también sucede en ciudades intermedias como la nuestra. Mientras prosperan los centros comerciales y los hipermercados, en Manizales hemos sido testigos en pocos años del cierre de varias librerías, pese a reivindicarse como ciudad del conocimiento.

Cómo hace falta que las universidades ejerzan un mayor liderazgo en defensa del libro. Que abran sus bibliotecas a toda la ciudad y monten sus propias librerías acompañadas de un buen café, promuevan la tertulia y difundan el conocimiento. Sueño con una sucursal de Unibiblos en Manizales, para que junto a otras iniciativas culturales, la ciudad y la universidad sellen un pacto por las ideas y la cultura y contrarresten el árido crecimiento de los mercados globales de consumo.

http://www.lapatria.com/story/elogio-de-la-librer%C3%AD-madero

1 comentario:

  1. Tiene toda la razón profesor. Las veces que he visitado a la librería de la Nacional de Bogotá en el Parque de las Nives siento una profunda envidia. Muchos de los textos que se venden allí, editados por la misma Universidad, no llegan ni siquiera a las bibliotecas de la Sede. Pese a eso, nuestras bibliotecas están llenas de hermosas colecciones que languidecen ante la falta de lectores, aquí a nadie, o mejor, a casi nadie, le interesa convertir los libros en objetos de seduccción. La reforma académica que vivió la Universidad Nacional en la que se amplió el número de asignaturas electivas no ha servido, ni siquiera, para un curso de introducción a la literatura.

    ResponderEliminar