Por: Luis Fdo. Acebedo R.
La relación directa de los diferentes grupos artísticos nacionales e internacionales con los ciudadanos en el espacio público, contribuyó a percibir un ambiente democrático, de fiesta y cultura como hacía mucho tiempo no se sentía en la ciudad. Aunque, valga la pena decirlo, esa sensación se vio opacada por una presencia injustificada de un gran contingente de policías cuidando las calles. Yo diría que el Alcalde Juan Manuel Llano se equivocó actuando como si estuviéramos en la Feria de Manizales, donde la característica de fiesta, toros, licor y rumba desmedida potencializan los conflictos en la calle, las riñas o los atracos. No, señor Alcalde, ésta era una fiesta de la cultura, del teatro, de la convivencia en torno al arte público y con el público.
Los principales beneficiarios fueron, en mi opinión, los jóvenes estudiantes de colegios y universidades, quienes demostraron con su comportamiento alegre y festivo, ávido de manifestaciones artísticas tan escasas en la vida cotidiana de la ciudad, que el teatro es fuente de conocimiento, instrumento liberalizador de emociones, divertimento y catalizador de energías colectivas. También el espacio público puso su grano de arena contribuyendo a generar esa catarsis, al ser aprovechado de manera creativa por los artistas, convirtiéndolo en escenario, palco, camerino o bastidor. No hubo límites para recrear las graderías, el amoblamiento urbano, la calle, el bulevar, la plaza o el parque como parte de una puesta en escena sutil, efímera y circense.
El teatro de calle tiene la cualidad de establecer una relación estrecha y dinámica con el público, quién se convierte en parte de la obra, la enriquece, la cualifica. Para los actores y actrices, por su parte, se constituye en un enorme reto porque cada presentación es diferente, aunque tengan un libreto y unas acciones previamente definidas. El público tiene que hablarles, sugerirles, abrir compases metafóricos para dar lugar a la improvisación. En la calle, el público camina o se detiene, está sentado o parado, va y vuelve en un constante movimiento. Esta es quizás la principal diferencia con el teatro de sala, en donde casi siempre los elementos están dispuestos previamente y el público es un ente pasivo que observa en la intimidad de su silla.
Esta versión del Festival Internacional de Teatro puso en evidencia la escasez y precariedad de los espacios públicos en la ciudad. Manizales no ha sido capaz de construir un sistema de espacio público que conecte a los diferentes barrios con su espina dorsal, la carrera 23. Y el Festival de Teatro aún tiene mucho por hacer para garantizar que el telón también se habrá en Solferino, Aranjuez, El Carmen o Corinto, entre otros barrios de la ciudad que claman por actividades distintas a las estrictamente residenciales.
El teatro de calle posibilitaba una toma de la ciudad y de cada uno de sus rincones. Haber llevado algunas obras a barrios como La Enea, La Sultana o Puerta del Sol fue un buen intento que se aplaude, pero pudo ser más agresivo. El teatro universitario, por ejemplo, ha presentado sus obras en espacios no convencionales como el pabellón central de la plaza de mercado en el sector de La Galería, venciendo los imaginarios del miedo. Esta era una buena oportunidad para integrar los vivos colores de los frutos del campo con los caleidoscópicos trajes de las artes escénicas.
Algo parecido sucedió con el mal llamado “Paseo de los Estudiantes”, una obra recién inaugurada que no le aportó nada a la cualificación del espacio público, ni a su uso y disfrute por parte de la dinámica teatral. El Festival prefirió usar el hall de acceso a la Universidad o el parqueadero del Coliseo Menor. Un buen punto de reflexión para quienes tanto han aplaudido estas recientes obras, muy exitosas desde el punto de vista de la movilidad vehicular y probablemente de la estética urbana, pero extremadamente costosas para el peatón y sus necesidades de estar, permanecer, delibarar y recrearse. Y ni que decir de nuestra red de “ecoparques” públicos que prácticamente se hunden entre la maleza por falta de recursos económicos para su rescate.
Es que no siempre la arquitectura logra interpretar adecuadamente las demandas de espacio público, así como no necesariamente se vuelve un instrumento de integración social. En no pocas oportunidades, el proyecto arquitectónico cumple más una función aséptica, anulando la dinámica urbana y citadina. Y tanto la plaza Alfonso López como el “Paseo de los Estudiantes” parecen ser dos de esos casos. Quedaron muy bonitos, pero no invitan al uso, aprovechamiento y disfrute colectivo.
Nada más apropiado que traer a colación al Fausto de Goethe para sintetizar a través de su metamorfosis la relación entre teatro y ciudad, pero especialmente para criticar ese absurdo espíritu desarrollista de nuestros mandatarios que construyen esos nuevos espacios públicos tan inútiles como escindidos. Precisamente Marshall Berman comenta en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire, parte de la tragedia que ha significado la manipulación y los símbolos del progreso sin sensibilidad ni preocupación por el bienestar social. Dice Berman: “Pero lo que hace que estos proyectos, en lugar de fáusticos, sean seudofáusticos, y que no sean tanto una tragedia como un teatro del absurdo y la crueldad, es el hecho desgarrador –a menudo olvidado en Occidente- de que no sirvieron de nada”.




