10 de octubre de 2009

La Plaza Alfonso López (II)

Espacio central de la Plaza Alfonso López
Discontinuidad de las aceras en los extremos de la Plaza.
" Plaza de Banderas" en la Plaza Alfonso López

Los jueces haciendo ciudad

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

A pesar de los últimos gobernantes, la Plaza Alfonso López adquirió una nueva cara desde comienzos de este año. Buena, regular o mala, ya veremos. Los ciudadanos finalmente tienen la última palabra y emitirán sus propios juicios según el grado de apropiación que le den a ese lugar. Y digo que “a pesar” de los gobernantes, porque la Plaza Alfonso López es hoy lo que es, por la obstinación de los ciudadanos organizados del sector que interpusieron varias acciones jurídicas a cada uno de los tres últimos alcaldes de la ciudad.

A Germán Cardona, el dinamitero, a quien la comunidad forzó a un pacto de cumplimiento para que tomara las medidas conducentes a reconstruir la plaza pública, luego de la implosión del edificio de la Alcaldía. A Néstor Eugenio Cardona, quién lideró el concurso para definir los diseños de la nueva plaza, dejándole a un tercero la responsabilidad de su construcción. Y a Luis Roberto Rivas por tratar de hacerse el loco con el cumplimiento de esta responsabilidad al comienzo de su mandato. Finalmente, los jueces se encargaron de hacer cumplir los pactos y crearon un precedente jurídico sobre el uso de ciertos instrumentos legales para garantizar los derechos ciudadanos al espacio público.

Por estos días recorrí nuevamente la Plaza con sus nuevos diseños. Fueron siete años largos los que se tomó la clase dirigente manizaleña para devolverle a la ciudad este espacio público destruido en el año 2002. Quería ver, oler, oír, recorrer, cruzar, permanecer en la Plaza. Y por supuesto, comparar.

Cuando en el año 2003 la municipalidad nos llamó para formular los términos de referencia arquitectónicos y urbanísticos para convocar al concurso de diseño del proyecto de renovación urbana de la Plaza, hicimos un esfuerzo por interpretar los deseos de la ciudad y de los ciudadanos. Al final se llamó a concursar a las firmas de arquitectos para “Consolidar la Plaza Alfonso López Pumarejo como el segundo espacio público de uso colectivo más significativo, después de la Plaza de Bolívar, por su carácter simbólico y referencial de la política Manizales: Eje del Conocimiento, su disposición para los encuentros ciudadanos y las actividades culturales a nivel urbano y metropolitano, la calidad de la oferta de servicios a nivel de las Tecnologías de la Información y la Comunicación - TIC - y su capacidad renovadora sobre su entorno más inmediato”.

Me temo que el proyecto construido no acertó en ninguna de estas características. Por un lado, creo que sus diseñadores no lograron interpretar cabalmente este planteamiento. Y por otro, quizás más importante, por las vacilaciones y el poco compromiso público de las instituciones de gobierno. Veamos por qué:

Es una plaza infrautilizada para eventos urbanos y metropolitanos, quizás por una razón elemental, porque está infradotada. Los usuarios directos o potenciales me han dado el mismo argumento: No cuenta con un sistema eléctrico apropiado para actos públicos y culturales. Al recorrer sus diferentes espacios pude constatar que no existe una sola toma para conectar un cable eléctrico. Esta es una de las razones por las cuales el pasado festival internacional de teatro prefirió utilizar otros espacios públicos de la ciudad. Paradójicamente, los diseños arquitectónicos se orientaron hacia la modalidad de una plaza de eventos más que a una plaza cívica multiusos como era nuestro interés. Así se deduce del gesto de hundir un pedazo de la plaza para generar unas graderías y crear una media torta con igual criterio en uno de sus costados.

De la política “Manizales: Eje del Conocimiento” finalmente no quedó nada, casi ni luz eléctrica; tal vez el espacio residual al occidente de la plaza, que simula una media torta para eventos culturales. Ahora bien, sin el preciado servicio de luz al que hemos hecho referencia, podríamos decir que este lugar se convirtió en una verdadera Plaza de Banderas, no por las columnatas que se erigen simbólicamente en el lugar donde estaba ubicado el edificio de la Alcaldía dinamitado, sino porque el ingenio popular, o quizás la acción de algún artista plástico, decidió hacer de la tragedia una comedia, al colocar una banderita roja por cada excremento humano depositado en la zona verde que rodea la plataforma circular y delimita el escenario vacío.

Es que los espacios inútiles o inapropiados, los espacios residuales o escindidos, los lugares no habitados, se vuelven “no lugares” en el sentido que le concede Marc Augé. Finalmente, son apropiados por los desplazados, los excluidos, los marginados, los desparchados, en fin, los beneficiarios directos de la renovación urbana, cuando ésta simplemente se ocupa de recuperar los espacios físicos, dejando intactas las condiciones de pobreza de las gentes en el lugar.

Ahí están los loquitos de la calle, los habitantes de la calle y los “trabajadores de calle” como se les conoce a los amigos de lo ajeno. Todos ellos permanecen en la plaza, viendo cruzar de aquí para allá a los desprevenidos ciudadanos con sus compras de ocasión. Algunos, arriesgan hasta su propia seguridad porque las aceras en los extremos oriental y occidental de la plaza no tienen continuidad, y en un acto reflejo, cada quién sigue su camino pero sobre la calle vehicular hasta cruzar al otro lado.

Lo que definitivamente funciona muy bien es el complejo vial subterráneo, que ha sido finalmente, el principal interés de las últimas administraciones y lo que mejor saben hacer. Calles y calles para la movilidad vehicular, para la circulación y la velocidad. Estos ingenieros-empresarios que hemos tenido como alcaldes en los últimos años le temen a lo público y a los lugares de encuentro. En últimas, le temen a la ciudad y al ejercicio de la ciudadanía. Estoy de acuerdo con Jordi Borja, quién por estos días visita nuestro país, cuando afirma que la ciudad hay que entenderla como espacio público, y el espacio público como “espacio político, de formación y expresión de voluntades colectivas, el espacio de la representación pero también del conflicto. Mientras haya espacio público, hay esperanza de revolución, o de progreso”. A esto es a lo que verdaderamente le temen nuestros alcaldes-empresarios.

10/10/09

1 de octubre de 2009

La Plaza Alfonso López (I)

Aspecto de la Plaza Alfonso López, 2005

Panorámica de la Plaza Alfonso López, 2005

Imagen urbana después de una implosión.

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

No solo las guerras destruyen edificios de valor patrimonial en las ciudades, también los alcaldes, en nombre de la colectividad y el interés general. La implosión del edificio de la Alcaldía Municipal de Manizales en el año 2002, localizado en la Plaza Alfonso López, marcó el fin de un imaginario moderno que tal vez nunca llegó a la ciudad, y abrió otro, aún por descubrir. En ese momento, surgió esta especie de etnografía de aquel lugar referencial.

En la Plaza Alfonso López Pumarejo se perciben muy claramente dos grandes dinámicas socio--espaciales: Por un lado, el frenesí de los flujos, la circulación y el movimiento constante; y por otro, el deseo de comunicación o como dirían algunos, la mercadería de la conversación (Borja y Muxi, 2003). Ambos se desarrollan en medio de un espacio urbano sincrético y de una arquitectura ecléctica.

En efecto, la articulación de ambas dinámicas en el espacio produce una sensación de caos intimidante para todos los habitantes o usuarios de la Plaza. Desde la perspectiva del peatón, el ruido de los motores que se detienen y avanzan en medio de cruces y semáforos a distancias muy cortas, generan una sensación de inseguridad permanente que invita a quedarse atrapado en las periferias por el juego centrífugo de los vehículos. Allí confluye gran parte de los sistemas de transporte público y privado de la ciudad y del campo: Rutas de buses urbanos, transporte intermunicipal e interveredal, taxis, camiones de carga, automóviles particulares, motocicletas, entre otros.

Las aceras amplias que delimitan la Plaza, comparadas con las del Centro histórico-patrimonial, acogen a transeúntes y vendedores ambulantes, mientras que, desde adentro de los locales comerciales –en gran medida cafetines y bares–, se expele el ruido mezclado de las rancheras y la música del despecho, acompañado del murmullo de gente que conversa al calor de un tinto de 250 pesos o de un almuerzo de 2000. Unas mujeres elegantemente vestidas de minifalda y tacón alto, cabellos sueltos sobre los hombros y un monedero bajo las axilas, atienden el pedido de quienes toman asiento en cada mesa. Los ancianos con sus recuerdos y los jóvenes como venidos de alguna vereda o centro poblado le dan identidad a los cafés, bares y cantinas, a los billares y juegos de azar o al comercio de variedades; también a los hoteles y residencias que pululan en los alrededores de la Plaza.

Los voceadores de mercancías por micrófono o el silencio cómplice de las prostitutas transitando de aquí para allá, hacen parte del ambiente sórdido de algunas esquinas y se confunden entre miradas, gestos y actitudes de ciudadanos desprevenidos, y de otros que dominan la calle o ese mundo imperceptible que algunos llaman los “no lugares”.

Entretanto, quienes atraviesan la Plaza en sus vehículos particulares deben sufrir el asalto intimidante de un “ejército” de adolescentes apertrechados de tarritos de agua jabonosa y limpiavidrios que aparecen en cada semáforo como caídos del cielo para ofrecer sus servicios a cambio de una moneda. Allí también se encuentra el vendedor de maní, el de frutas y verduras o el de tarjetas prepago debidamente uniformado.

Pero también la continuidad y proliferación de entradas y salidas de vehículos en distintas direcciones por los costados de la Plaza invitan a estar con todos los sentidos puestos sobre la calle, a pesar de una adecuada señalización que marca el sentido de las vías, las cebras de uso peatonal, la semaforización, los cruces y la información sobre los barrios contiguos o el acceso a las vías regionales.

El interior de la Plaza está dividido en dos ambientes, separados por un cruce de vehículos en dirección contraria y una geometría curva, cóncava y convexa. Un ambiente desolado y triste, compuesto por una zona verde amplia en donde yacen los restos de la antigua Alcaldía y una pequeña plazoleta, construida a última hora para que el dolor por la desaparición de un icono edilicio no genere mayores frustraciones, simula un bar o una cantina al aire libre con sus mesas dispuestas en círculo. Por ambos lados cruzan indiscriminadamente los peatones en un ir y venir de gentes que aprovechan el espacio encementado o la gramilla para “saltar” al otro lado de la calle. Y otro ambiente, densamente ocupado por una concentración de vendedores estacionarios dispuestos sobre tres crujías, dos de ellas marcadas por la alineación de siete u ocho palmeras que pasan desapercibidas a los ojos del peatón.

Este pequeño centro comercial enmarca la fachada de la Plaza al costado oriental por medio de una frágil estructura metálica que ordena y le da techo a los pequeños locales. Su numeración consecutiva llega hasta el número 340, lo cual da un indicio de la cantidad y tamaño de cada uno; sin embargo, muchos de estos locales se encuentran ocupados por bodegas. Se requiere recorrerlo en su interior para descubrir varios niveles y una cafetería al aire libre sobre una plataforma de un piso de altura, debajo de la cual se encuentran unos baños públicos.

El borde que define la paramentación de la Plaza Alfonso López Pumarejo está compuesto por edificios de cuatro y cinco pisos, principalmente. La mayoría tiene un pequeño voladizo después de una doble altura. Su arquitectura es modesta pero mantiene una presencia viva en el lugar. Cinco o seis edificios en cada manzana organizan los contornos de la Plaza reflejando una cierta continuidad de vanos en medio de la diversidad estilística. Los primeros pisos, por el contrario, se diferencian de los pisos superiores por su apertura al peatón y algunas subdivisiones para acomodar pequeños locales dentro de otros, lo cual dificulta la identificación de los ritmos en las fachadas. El Teatro de Manizales es quizás el edificio que más identidad formal tiene, aunque el uso real sea otro completamente distinto. Su presencia en el lugar se asemeja más a un fantasma que clama una nueva oportunidad en la memoria de los habitantes del centro de la ciudad.

Por su estilo y materiales, la mayoría de las edificaciones son de hace tres o cuatro décadas. Sin embargo, subsisten algunos edificios de dos o tres pisos en bahareque que hablan de épocas pretéritas, pero también de riesgos que continúan amenazando a las edificaciones antiguas. De hecho, en la esquina del constado sur-occidental de la Plaza, un edificio de dos pisos sucumbió recientemente a la fuerza devoradora de las llamas, recordando que la amenaza de incendio sigue latente en el centro de la ciudad si no se toman medidas preventivas.

No es la arquitectura la que impresiona, es la amplitud y la perspectiva del espacio que se abre desde diferentes direcciones en medio de una estructura de damero cerrada y compacta que caracteriza el Centro Tradicional. Este respiro que se siente al aproximarse, se pierde cuando se llega, puesto que la escenografía está pobremente dispuesta sobre el lugar. Se podría decir que es un espacio vacío que se recorre por sus bordes. Le hace falta vida a su interior porque no hay ninguna actividad que lo respalde, prácticamente ningún amoblamiento que insinúe diversas formas de apropiación cultural, recreativa, política o simplemente de ocio.

3/10/09

27 de septiembre de 2009

Caleidoscopio y territorio del conocimiento


Por: Luis Fdo. Acebedo R.


Varias personas me han retado a explicar mi visión caleidoscópica sobre el territorio, entre ellas mi hija, asidua lectora de mis columnas. Para ella van dedicadas estas reflexiones. Aunque estas ideas todavía se encuentran en proceso de maduración, quiero atreverme a arriesgar algunas opiniones para promover la discusión y el debate.
La idea surgió a partir de la necesidad de encontrar una metáfora para explicar el comportamiento del territorio en la sociedad del conocimiento desde una perspectiva sistémica, pero reconociendo la existencia permanente del conflicto. Esto quiere decir que si bien es cierto existen ciertas leyes en su devenir, su característica principal es el movimiento constante, la inestabilidad, el conflicto y la crisis. La acción de la sociedad sobre el territorio, su deseo constante de transformación, está justificada por la búsqueda permanente de un equilibrio, representado en un acuerdo colectivo en torno al deber ser y a su expresión particular sobre la organización del espacio. Allí está representada la utopía. Pero también, su naturaleza conflictual, inestable, dinámica.
El Calidoscopio, en su versión más clásica, es un instrumento en forma de cilindro, construido en su interior mediante tres espejos dispuestos como un prisma. En su interior se depositan unos pedacitos irregulares de cristal de múltiples colores. Con el movimiento circular del objeto y los rayos de luz que ingresan por uno de sus extremos, se multiplica simétricamente la imagen de los cristales en una explosión infinita de imágenes multicolores. Su carácter es sistémico, cada una de sus partes se interrelaciona dentro de unos límites determinados, produciendo composiciones infinitas de acuerdo al movimiento que se realice y a la intensidad de la luz que se filtre por los cristales.
Observando una y otra vez estos efectos, me pregunté cómo podría aplicarse una visión caleidoscópica a la comprensión del Territorio. Y en efecto concluí que la metáfora del calidoscopio ofrece posibilidades más amplias de comprensión de las relaciones complejas del Territorio en comparación con la idea del “collage” y del “fragmento” que se han empleado en estudios precedentes para explicar los fenómenos urbanos y territoriales en la globalización. En efecto, el caos como concepto que expresa una aparente liberalización de fuerzas motivadas por una nueva revolución tecnológica, tiene en el fragmento una explicación de los nuevos fenómenos de actuación sobre las ciudades y el territorio.
Zaida Muxí (2004) sostiene, por ejemplo, que la ciudad de la globalización no puede ser entendida sino a través de su constante fragmentación entre la pobreza excluida y la riqueza excluyente, y las posibilidades de reconstruirse se dan a través del montaje de los fragmentos y realidades yuxtapuestas. En este sentido, ella afirma que el collage deja de ser un mecanismo poético y deviene como el “resultado último del laissez faire de la economía liberal y del libre mercado que redunda en todos los ámbitos culturales y expresivos”.
Por oposición a esa tendencia, creemos que la metáfora del calidoscopio reconoce el fragmento como parte constitutiva de su naturaleza, pero en ningún caso como razón última. Se integra al movimiento constante y a la luz que le imprime energía, pero dentro de unos confines, si se quiere éticos, para consolidar múltiples estructuras sistémicas dentro de un universo casi infinito de posibilidades. Estas últimas, no son expresión de un caos sino de un juego sistémico de aproximaciones sucesivas en donde cada una de las partes interactúa sinergéticamente para encontrar puntos de equilibrio en un ambiente cuya naturaleza es el conflicto.
Los confines del calidoscopio son aquellos principios éticos en los cuales debe enmarcarse el Territorio a nivel urbano y regional. Existe una aceptación teórica casi universal de algunos de ellos, tales como: La Sostenibilidad, la Gobernabilidad, la Productividad, la Equidad Social, entre otros. Sin embargo, ésta no es una constante en los acuerdos colectivos. En nuestras sociedades capitalistas contemporáneas, la productividad es reemplazada por la competitividad, la sostenibilidad se cree alcanzar por un supuesto equilibrio natural de las fuerzas del mercado, la gobernabilidad sede su espacio al autoritarismo, y la equidad social se vuelve una retórica para impedir que los sectores más débiles de la sociedad caigan en la pobreza más extrema, mientras los sectores más dinámicos de la globalización neoliberal acumulan riqueza mediante las triquiñuelas de la especulación financiera.
En esa lucha constante de contrarios, se hacen una y otra vez giros caleidoscópicos para tratar de encontrar un nuevo equilibrio. A veces son sutiles, a veces agudos. Allí están interactuando por lo menos cuatro fuerzas motoras, tiempo, espacio, innovación y movimiento; cada una de ellas girando y girando hasta encontrar ecuanimidad, mesura, sensatez. El territorio es el resultado de la combinación de todas estas fuerzas en función de los principios éticos que asume la sociedad.
El tiempo se pregunta por el momento específico del desarrollo de las fuerzas productivas en una sociedad determinada. El espacio, por las características del lugar. La innovación por el uso de las técnicas y su apropiación social en el trabajo. Y el movimiento, por la velocidad de los cambios y la dinámica que los actores sociales le imprimen.
El territorio del conocimiento en esta nueva sociedad tiene el reto de encontrar su propio equilibrio de fuerzas. Yo diría, su arraigo cultural. Cada ciudad o región debe hacer sus giros caleidoscópicos según sus particulares intereses. El problema de las sociedades más atrasadas es que no han querido tomar la iniciativa, o si lo hacen, siguen un manual de instrucciones, un libreto, a la medida de otras realidades, de otros imaginarios exógenos a las características propias del lugar.


27/09/09

20 de septiembre de 2009

A Brunner lo que es de Brunner...

Karl Brunner (1887-1960)

Ensanche de barrios en Bogotá (años 30 y 40 del siglo XX)

Limite intermunicipal (1935) y límite urbano (1940) de Bogotá.

Por: Luis Fdo. Acebedo R

La historia urbanística en Colombia ha cometido una tremenda injusticia con Karl Brunner, el arquitecto y urbanista austríaco que tuvo a su cargo la formulación del primer plan regulador de Bogotá a comienzos de los años 30 del siglo pasado. Sus aportes a ésta y muchas otras ciudades colombianas se pueden rastrear hasta finales de los años 40, cuando según Andreas Hoffer (2003) regresó a Viena, su ciudad natal. Trabajó como funcionario público y consultor en temas urbanos, fue un excelente diseñador de proyectos de espacio público y vivienda para todas las clases sociales y también fue un destacado maestro de urbanismo en la Universidad Nacional de Colombia. Pero en nuestra opinión, la principal deuda que el urbanismo tiene con Karl Brunner es haberle desconocido la autoría intelectual, ideológica y práctica de la formulación del primer Plan Regulador que tuvo Colombia, aplicado a la ciudad de Bogotá.

Así es. Aún hoy en día se enseña a los estudiantes de arquitectura que Le Corbusier formuló el primer Plan Regulador para Bogotá. También me lo enseñaron a mí hace más de veinte años. Hoy quiero rebatir esa tesis y reconocerle a Brunner lo que es de Brunner.

En efecto, recién llegado a Bogotá, Brunner se propuso trabajar en 12 temas para formular su Plan Regulador, a saber: 1. Finalidades de la regularización y proyectos de ensanche urbano. 2. Preparativos y procedimientos de planificación. 3. La modernización de la ciudad. 4. Tendencias del desarrollo urbano. 5. Los cinco problemas urbanísticos fundamentales de Bogotá. 6. Necesidades de circulación. 7. Las futuras vías principales. 8. La distribución de zonas comerciales, residenciales, industriales, etc. 9. La reglamentación de edificios. 10. El código del desarrollo urbano. 11. La cooperación de la secciones de plano, de urbanizaciones o de arquitectura (edificación particular). 12. La tramitación respecto de la aprobación del plano regulador (Molano, 1995).

Cada uno de estos temas, los desarrolló Brunner y su equipo a lo largo de una década, más o menos. Los resultados de estas investigaciones, sumadas, constituyen el Plan Regulador para Bogotá. Por eso, algunos historiadores sostienen que nunca se formuló, porque no fueron capaces de relacionar un documento con otro, sino que a lo sumo los miraron de manera aislada. Pero es posible encontrar una secuencia lógica de este Plan a través de diferentes acuerdos municipales durante el período en que Brunner ocupó la secretaría de planeación de Bogotá. Veamos los más trascendentales:

La ordenanza 31 de 1935, cuyo aporte principal fue ordenar las relaciones de la ciudad capital con cada uno de los seis municipios periféricos (Usaquén, Suba, Engativá, Fontibón, Bosa y Usme), definiendo los propios límites entre ellos. Sin este primer paso era imposible ordenar el territorio urbano-rural de Bogotá.

Acuerdo 15 de 1940, por medio del cual se definieron los límites del desarrollo urbano de Bogotá, es decir, el perímetro urbanizable, dejando por fuera algunos barrios nuevos que se habían desprendido de la ciudad compacta, especialmente al occidente de la ciudad, pero sin la dotación de los servicios públicos básicos. Se trataba de barrios como Río Negro, Las Ferias, Puente Aranda, Las Granjas, entre otros.

Acuerdo 21 de 1944, “por el cual se divide el área urbanizable de Bogotá en varias zonas de destino y se reglamenta cada una de ellas”. Este acuerdo, representó la versión jurídica y legal del Plan Regulador, por el cual Brunner había estado trabajando denodadamente en los años anteriores. Se constituyó en el conjunto de normas que debían regular el crecimiento del área urbanizable de Bogotá, a través de la reglamentación de usos y alturas de las edificaciones “a fin de establecer un desarrollo ordenado y racional de la ciudad”, de acuerdo con los criterios de zonificación adoptados: Zonas cívico-comerciales y comerciales, zonas residenciales céntricas, zonas estrictamente residenciales, zona industrial, zonas mixtas, zonas de barrios obreros, zonas de reserva para áreas verdes.

Todos los trabajos preparatorios del Plan Regulador de Brunner han pasado casi desapercibidos en los estudios de la historia del planeamiento urbano de la ciudad de Bogotá, quizás por el hecho de haber sido rápidamente opacados por la corriente del urbanismo moderno que Le Corbusier introdujo en Colombia al finalizar la década de los 40. Pero el hecho de que Brunner representara una versión decimonónica del urbanismo europeo, no le quitaba méritos a su trabajo.

Los principales modelos urbanísticos de referencia que tuvo Brunner para la formulación de su Plan Regulador consistieron, de un lado, en la experiencia del Barón Haussmann de París con la apertura de vías en diagonal sobre áreas céntricas como criterio higienista y de salubridad; por otro, en las políticas de ensanche, trabajadas por Hildelfonso Cerdá en Barcelona desde 1859; y finalmente, en las primeras ideas de zoning, implementadas en Alemania desde comienzos del siglo XIX. Estos tres criterios se aplicaron para la formulación del Plan Regulador como versión ecléctica de la experiencia europea.

El ensanche urbano estuvo siempre presente en el planteamiento de Brunner como instrumento del desarrollo urbano futuro de Bogotá en todas sus direcciones. Muestra fehaciente es la cantidad de barrios planeados o diseñados por él que consolidaron la primera corona de expansión residencial, llenando los vacíos urbanos del perímetro urbano de la ciudad.

Y el zoning fue el instrumento primario para organizar los usos del suelo y regularizar el espacio económico. Por eso Brunner dedicó una parte importante de su trabajo a levantar un plano de las actividades industriales y comerciales, que luego sirvió de base para su posterior reglamentación.

Entonces, que no quede duda. Brunner formuló el primer Plan Regulador en Colombia, inspirado en una concepción moderna y racional. Otra cosa distinta, es que Le Corbusier y el Movimiento Moderno en particular, hubiesen hecho una reelaboración teórica y conceptual de este instrumento y nos hayan obnubilado con sus planteamientos integradores entre lo funcional y lo estético. Pero esa es harina de otro costal.

20/09/09

Para confrontar y ampliar estas ideas ver el libro de mi autoría "Las industrias en el proceso de expansión de Bogotá hacia el occidente". En:

13 de septiembre de 2009

Teatro y Ciudad



La tragedia fáustica del espacio público

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Del 7 al 13 de septiembre se llevó a cabo la XXXI versión del Festival Internacional de Teatro de Manizales. En esta oportunidad, la calle fue el escenario principal y esto de por sí cambió la dinámica de la ciudad con respecto a versiones de años anteriores, más orientadas hacia el teatro de sala.

La relación directa de los diferentes grupos artísticos nacionales e internacionales con los ciudadanos en el espacio público, contribuyó a percibir un ambiente democrático, de fiesta y cultura como hacía mucho tiempo no se sentía en la ciudad. Aunque, valga la pena decirlo, esa sensación se vio opacada por una presencia injustificada de un gran contingente de policías cuidando las calles. Yo diría que el Alcalde Juan Manuel Llano se equivocó actuando como si estuviéramos en la Feria de Manizales, donde la característica de fiesta, toros, licor y rumba desmedida potencializan los conflictos en la calle, las riñas o los atracos. No, señor Alcalde, ésta era una fiesta de la cultura, del teatro, de la convivencia en torno al arte público y con el público.

Los principales beneficiarios fueron, en mi opinión, los jóvenes estudiantes de colegios y universidades, quienes demostraron con su comportamiento alegre y festivo, ávido de manifestaciones artísticas tan escasas en la vida cotidiana de la ciudad, que el teatro es fuente de conocimiento, instrumento liberalizador de emociones, divertimento y catalizador de energías colectivas. También el espacio público puso su grano de arena contribuyendo a generar esa catarsis, al ser aprovechado de manera creativa por los artistas, convirtiéndolo en escenario, palco, camerino o bastidor. No hubo límites para recrear las graderías, el amoblamiento urbano, la calle, el bulevar, la plaza o el parque como parte de una puesta en escena sutil, efímera y circense.

El teatro de calle tiene la cualidad de establecer una relación estrecha y dinámica con el público, quién se convierte en parte de la obra, la enriquece, la cualifica. Para los actores y actrices, por su parte, se constituye en un enorme reto porque cada presentación es diferente, aunque tengan un libreto y unas acciones previamente definidas. El público tiene que hablarles, sugerirles, abrir compases metafóricos para dar lugar a la improvisación. En la calle, el público camina o se detiene, está sentado o parado, va y vuelve en un constante movimiento. Esta es quizás la principal diferencia con el teatro de sala, en donde casi siempre los elementos están dispuestos previamente y el público es un ente pasivo que observa en la intimidad de su silla.

Esta versión del Festival Internacional de Teatro puso en evidencia la escasez y precariedad de los espacios públicos en la ciudad. Manizales no ha sido capaz de construir un sistema de espacio público que conecte a los diferentes barrios con su espina dorsal, la carrera 23. Y el Festival de Teatro aún tiene mucho por hacer para garantizar que el telón también se habrá en Solferino, Aranjuez, El Carmen o Corinto, entre otros barrios de la ciudad que claman por actividades distintas a las estrictamente residenciales.

El teatro de calle posibilitaba una toma de la ciudad y de cada uno de sus rincones. Haber llevado algunas obras a barrios como La Enea, La Sultana o Puerta del Sol fue un buen intento que se aplaude, pero pudo ser más agresivo. El teatro universitario, por ejemplo, ha presentado sus obras en espacios no convencionales como el pabellón central de la plaza de mercado en el sector de La Galería, venciendo los imaginarios del miedo. Esta era una buena oportunidad para integrar los vivos colores de los frutos del campo con los caleidoscópicos trajes de las artes escénicas.

La plaza de Bolívar sigue siendo el lugar referencial por excelencia y quizás el único espacio público que tiene un uso multifacético como lo demandan las características de la vida contemporánea. Ni siquiera la recién inaugurada Plaza Alfonso López que buscaba convertirse en el segundo espacio público más importante de la ciudad, ha logrado convocar su uso intensivo para los diferentes actos cívicos, culturales o políticos. El pequeño teatrino o media torta que tiene en uno de sus costados nació como un no lugar, y la plaza pública semienterrada con sus olas de ladrillo y cemento junto a los puestos de venta que nunca se utilizan, solo invitan al paso, al cruce, pero muy poco a la estancia o a la deliberación. Razones tendría el Festival para preferir el parque principal de San José y no la plaza Alfonso López para presentar alguna de las obras de teatro programadas.

Algo parecido sucedió con el mal llamado “Paseo de los Estudiantes”, una obra recién inaugurada que no le aportó nada a la cualificación del espacio público, ni a su uso y disfrute por parte de la dinámica teatral. El Festival prefirió usar el hall de acceso a la Universidad o el parqueadero del Coliseo Menor. Un buen punto de reflexión para quienes tanto han aplaudido estas recientes obras, muy exitosas desde el punto de vista de la movilidad vehicular y probablemente de la estética urbana, pero extremadamente costosas para el peatón y sus necesidades de estar, permanecer, delibarar y recrearse. Y ni que decir de nuestra red de “ecoparques” públicos que prácticamente se hunden entre la maleza por falta de recursos económicos para su rescate.

Es que no siempre la arquitectura logra interpretar adecuadamente las demandas de espacio público, así como no necesariamente se vuelve un instrumento de integración social. En no pocas oportunidades, el proyecto arquitectónico cumple más una función aséptica, anulando la dinámica urbana y citadina. Y tanto la plaza Alfonso López como el “Paseo de los Estudiantes” parecen ser dos de esos casos. Quedaron muy bonitos, pero no invitan al uso, aprovechamiento y disfrute colectivo.

Nada más apropiado que traer a colación al Fausto de Goethe para sintetizar a través de su metamorfosis la relación entre teatro y ciudad, pero especialmente para criticar ese absurdo espíritu desarrollista de nuestros mandatarios que construyen esos nuevos espacios públicos tan inútiles como escindidos. Precisamente Marshall Berman comenta en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire, parte de la tragedia que ha significado la manipulación y los símbolos del progreso sin sensibilidad ni preocupación por el bienestar social. Dice Berman: “Pero lo que hace que estos proyectos, en lugar de fáusticos, sean seudofáusticos, y que no sean tanto una tragedia como un teatro del absurdo y la crueldad, es el hecho desgarrador –a menudo olvidado en Occidente- de que no sirvieron de nada”.

13/09/09

30 de agosto de 2009

Perfil empresarial y social de las comunas de Manizales


Fuente: Soto Vallejo, Irma; Otiz G., Oscar; Jiménez O., Oscar (2009).
Perfil empresarial y social de las comunas de Manizales.
Cámara de Comercio de Manizales y Universidad de Manizales.

Interpretación de los indicadores desde el Urbanismo

Por: Luis Fdo. Acebedo R

El pasado miércoles 26 de agosto se realizó la presentación del libro “Perfil empresarial y social de las comunas de Manizales”, producto de la investigación realizada por los grupos de investigación “Derecho y Sociedad” y “Economía y Desarrollo Regional” de la Universidad de Manizales, en asocio con la Cámara de Comercio.

Los resultados de esta investigación permiten mostrar el panorama económico de las comunas de la ciudad a partir de los censos empresariales de los años 2007 y 2008 que la Cámara de Comercio viene realizando desde hace cinco años de manera consecutiva. En nuestra opinión, la mayor novedad, respecto a informes anteriores, está en la georeferenciación que se hizo de los resultados, lo cual permite relacionar los indicadores socio-económicos con el territorio, en un buen intento por develar la morfología del tejido empresarial y productivo de la ciudad.

El libro presenta de manera resumida la metodología en la recolección y análisis de la información, junto con los principales resultados estadísticos por comunas. No interpreta, simplemente muestra datos y tablas. A manera de anexo se publican las bases de datos de acuerdo a las variables empleadas con el propósito de que puedan ser usadas y analizadas libremente por los ciudadanos. En este sentido, el libro se anota un punto adicional en la perspectiva de hacer pública la información para facilitar la toma de decisiones por todo aquel que se interese en la temática.

Creo que sus autores han entregado a la luz pública este trabajo con la firme intención de motivar la interpretación de las cifras por parte del público en general, pero especialmente de los empresarios y la academia. Yo he aceptado el reto y por eso quiero arriesgar unas primeras ideas, tanto desde el urbanismo como desde la política, o si se me permite, desde la economía política de la urbanización.

La primera constatación es que la mayor actividad económica se desarrolla a lo largo de la Avenida Santander como principal eje productivo y de movilidad de la ciudad. Sin embargo, hay tres motores muy dinámicos que concentran el mayor número de establecimientos, la principal fuerza laboral, los principales activos y, en gran medida, la mayor riqueza. Ellos son: El centro histórico de la ciudad (comunas 1,2 y 3) por su diversidad económica, junto a la comuna Palogrande (8) en donde se ha venido consolidando una nueva centralidad urbana, y la comuna Tesorito (7), que tiene un carácter más especializado por ser la principal concentración industrial. Llama la atención la comuna La Fuente (10), porque no tiene tantos establecimientos ni personal ocupado, pero sobrepasa con creces a todas las anteriores en cuanto a ingresos medios, quizás por la localización de varias industrias importantes para la ciudad, tales como La Fuente y Hada, entre otras.

Aún así, puede decirse que en toda la ciudad se desarrollan indiferenciadamente actividades de comercios, industria y servicios. Sin embargo, sobresalen dos indicadores que deberían prender las alarmas del empleo y la calidad de nuestro aparato productivo. Por un lado, la baja generación de puestos de trabajo de las empresas pues sólo 57 mil personas soportan la actividad económica de la ciudad entre comercio, servicios e industria; y por otro, el gran predominio (más del 90%) de la pequeña empresa que ocupa entre uno y dos trabajadores con muy bajos activos y pocos ingresos.

Esto quiere decir que nuestra economía es de supervivencia, orientada principalmente al comercio y los servicios. No es difícil llegar a concluir que en la ciudad predominan las tiendas de barrio, el café internet, los talleres de mecánica y las carpinterías, las droguerías y panaderías; en fin, una ciudad casi de artesanos, muy lejos del sueño idílico de una ciudad del conocimiento como se viene propagando de tiempo atrás.

Me temo que la política de impulso y fortalecimiento de las Mipymes y de un “país de propietarios” han sido un total fracaso para los propósitos del fortalecimiento del aparato productivo local. Igual podría decirse de las estrategias para la generación de empleo. Tanto la pobreza que está por encima del 57% en el Departamento como la pobreza extrema que se posiciona en el 17%, junto a unas tasas de desempleo superior al 14% en Manizales son extremadamente preocupantes y desbarata el optimismo con el que algunos políticos y periodistas locales pretenden contagiarnos por estos días preelectorales, argumentando que vamos muy bien y rumbo a la solución de nuestros principales problemas.

El reciente informe del PNUD sobre el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en Caldas testimonia lo anteriormente dicho y contribuye, no sólo a mantener esta preocupación, sino a dimensionar las tareas que tenemos por delante. Este informe revela cómo Manizales es una ciudad que expulsa población (57%). Si nos atenemos a los resultados del censo empresarial, podemos concluir la falta de oportunidades laborales para sus habitantes. Y eso que la ciudad genera el 71% del PIB departamental. Ya podrán imaginarse los niveles de pobreza en que viven los demás municipios del departamento por cuenta del abandono paulatino de la productividad agrícola, la violencia y los preocupantes índices de escolaridad y deserción de los poblados rurales.

El modelo de desarrollo basado en una economía de servicios como si estuviéramos en una situación similar a los países desarrollados, ha contribuido a la debacle. Es necesario cambiarlo. Necesitamos soluciones endógenas para nuestro desarrollo, tales como introducir un mayor valor agregado al aparato productivo, tanto urbano como rural, diversificando la economía. Requerimos concentrar mayores esfuerzos y recursos entre el sector productivo y la academia para investigar e innovar en las cadenas productivas del departamento. Debemos recuperar la visión regional y subregional de ordenamiento territorial y el desarrollo para ampliar las oportunidades laborales y productivas. Bueno, y qué decir de los otros indicadores de los ODM que por falta de espacio no podremos comentar, todos ellos relacionados con el logro de la equidad y el bienestar social, tan esquivo por estos días, muy a pesar del derroche de optimismo de ciertos propagandistas oficiales.

30/08/09

24 de agosto de 2009

Arte público, ciudad y política en Manizales

Esculturas del Maestro Vallejo sobre la Avenida Santander,
a la altura de la sede Palogrande de la Universidad de Caldas.
Obra artística, publicidad y dinámica urbana.

Manifestaciones artísticas en la Inauguración del Festival Intercolegiado de Teatro en Manizales.
En la parte superior de la foto, una de las obras del Maestro Vallejo, vigilante.

Por: Luis Fdo. Acebedo R

Al comenzar este año, Manizales vio cómo la Avenida Santander se fue inundando sorpresivamente de varias obras escultóricas de gran tamaño y colorido. La homogeneidad de la propuesta artística hacía presuponer que se trataba de un mismo autor. En la mayoría de los casos, se iban acomodando sobre el separador central de la Avenida, luego de construir una base de concreto con una estructura metálica serpenteante. Pero también, comenzaron a verse sobre las cornisas de algunos edificios o adosadas a las fachadas. En menor cantidad, se localizaron sobre los parques, aceras o antejardines. Aparecían en la plazoleta de la Alcaldía Municipal, a un costado de la Plaza de Bolívar, del Teatro Fundadores, y de allí en línea continua hasta el complejo vial del Batallón. Todo un recorrido iconográfico por el que fuera el principal camino que le permitió a Manizales su ingreso "triunfante" al progreso y la modernidad desde su fundación en el siglo XIX.

Nadie, absolutamente nadie, podía ignorar su presencia. En la universidad, el teatro, la oficina o el supermercado, en cada esquina y en los semáforos, la presencia de bueyes, caballos, arrieros, perros, cabros, sacerdotes y culebreros, nos recordaban, una vez más, la “raza” bravía, las duras trochas abiertas por valientes familias en busca de tierras baldías para el cultivo de los cafetales, el sudor y sufrimiento de nuestros ancestros, el manto protector de la iglesia, los mitos y leyendas campesinas. En fin, toda la gesta de la colonización antioqueña, como para que no haya la menor duda de nuestros orígenes.

Supongo que el maestro Guillermo Vallejo, autor de este trabajo, no cabe de la dicha. Son más de cincuenta obras distribuidas en unos cinco kilómetros, lo cual significa que en promedio, hay una escultura por cuadra. Ni siquiera el maestro Fernando Botero logró en Medellín semejante reconocimiento sobre la carrera Carabobo, pues la mayoría de sus gordas y gordos quedaron confinados en una gran plaza pública diseñada exclusivamente para estos fines con una ligera prolongación sobre el ancho de la cuadra del Museo de Antioquia. Allí por lo menos hubo un proyecto de ciudad, aunque también se evidenció el desbalance entre los 38 mil millones invertidos y la histórica ausencia de apoyo a los gestores culturales de la capital paisa.

Comprendo al maestro Vallejo; es que no es nada fácil difundir la obra para un artista colombiano o, peor aún, manizaleño; ni mucho menos obtener una pequeña ayuda para apoyar sus trabajos. Y de pronto, un Alcalde que por suerte resultó ser su amigo, bota la casa por la ventana y al mejor estilo de las clases emergentes en Colombia, decide homogenizar la principal avenida de la ciudad con varias reproducciones de la obra original “Monumento a los Colonizadores”, localizada en Chipre. Confieso que me había negado a conocer este monumento por el solo hecho de no pagar ni un peso por visitar una obra en el espacio público, que por su naturaleza debe ser gratuita y para el disfrute colectivo. Pero de ahí a que la reproduzcan por toda la ciudad en una versión efímera y descontextualizada, hay mucho trecho.

Evidentemente, la localización de las obras se hizo al libre albedrío del alcalde y su artista, a la usanza del rey y sus áulicos escultores cortesanos de finales del siglo XVI. Ya me imagino al Alcalde vociferando: ¡¡Necesito que me instalen cincuenta y pico de esculturas sobre la Carrera 23, pero para ya, porque en mi administración es diciendo y haciendo!!. Uno aquí, y otro allá; uno más arriba y otro más abajo.

Tal parece que se les fue la mano en el número de obras o que el presupuesto era bastante copioso. Lo cierto del caso es que por cuenta de los arreglos entre “el rey y su escultor” parte de la obra artística quedó apeñuscada al nivel de los avisos publicitarios, en la disputa por atraer los ejes visuales de los desprevenidos peatones.

No critico al maestro Vallejo, aunque creo que a todos los artistas les cabe un poco de sentido de la responsabilidad social y colectiva. Más bien, mis dardos van en la dirección del burgomaestre, quien demuestra el poco respeto que tiene por la ciudad, por los ciudadanos y por el espacio público y colectivo. Es que se creen dueños de la parcela y con los poderes omnímodos para decidir los destinos de todos. Para estos personajes, no hay dinámicas culturales, sólo artistas preferenciales; no hay presupuesto para la cultura, a lo sumo, una caja menor (¿o mayor?) a disposición del “gerente” de la ciudad; no hay ciudadanos sino contratistas o clientes; no hay sistema de espacio público, tan sólo público para observar sumisos y resignados las actuaciones de los “gerentes” o “subgerentes” de la ciudad.

Con el autoritarismo como estilo de gobierno heredado de la Casa de Nariño y el enorme desprecio por lo público y lo colectivo como factores fundamentales en la construcción de ciudadanía, los alcaldes ahora se han arrogado el derecho de administrar el espacio público según sus particulares intereses. No importa que con ello contribuyan a la contaminación visual de la ciudad o al uso privado del espacio y los bienes públicos.

Cómo añoramos el día que un Alcalde decida abordar el arte y la cultura como ejes de la construcción de civilidad y ciudadanía. Cómo quisiéramos que el gobierno municipal apoyara la infinidad de manifestaciones artísticas de la ciudad con una política incluyente y participativa. Quizás así, el festival inter-colegiado de teatro dejaría de funcionar al debe, los escultores podrían engalanar con sus obras los parques de los barrios populares; la música podría disfrutarse en la plaza pública, al igual que el cine, para el bienestar de los jóvenes universitarios; los egresados de la carrera de artes escénicas de la Universidad de Caldas podrían consolidar los semilleros de actores y actrices de una ciudad que se ha vuelto referente internacional del teatro; y los gestores culturales de la Universidad Nacional podrían hacer factibles los emprendimientos de nuestros artistas, entre otros sueños nada dífíles de lograr.

24/08/09

18 de agosto de 2009

La “sana mezcla de usos”

Impacto urbanístico de una de las EPS del barrio La Estrella (Manizales)

Algunos efectos prácticos de esta política en una nueva centralidad de Manizales.

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Uno de los temas más polémicos de la formulación del POT de Manizales es el que tiene que ver con el uso del suelo. Casi nada, es la esencia de la planeación y el ordenamiento territorial desde sus orígenes, tanto en Alemania como en Inglaterra. Pero en esta ciudad “de las puertas abiertas” es considerado como tema que admite una gran flexibilidad. Pues bien, a algún ilustre consultor o secretario de planeación le pareció inteligente proponerle al Consejo de la ciudad adoptar la “sana mezcla de usos” como una de las políticas principales del modelo de ocupación territorial, con la idea de “establecer criterios para hacer compatibles las actividades entre sí”. Al son de hoy no se ha aplicado ni una cosa ni la otra.

En una ciudad como Manizales, tan sumisa a las directrices del mercado y los promotores inmobiliarios, la medida fue aceptada con todo el beneplácito. Para quienes asumieron con honestidad este criterio, se trataba de una oportunidad para superar la concepción ya revaluada y utópica del urbanismo CIAM de zonificar la ciudad por funciones (vivienda, industria, comercio, recreación y administración); para otros, defensores a ultranza de un urbanismo desregulado, era el momento perfecto para legitimar lo que ya venían haciendo desde hacía varias décadas.

Es el urbanismo desregulado el que sigue imponiéndose, a través de una metodología que ya ha sido ampliamente analizada por juristas y políticos estudiosos de la sociedad capitalista. Se trata básicamente de crear el derecho, luego limitarlo y finalmente, acabar con él. Su principal instrumento consiste en advertir que el derecho concedido estará sujeto a reglamentación, o como se dice en el caso que nos ocupa, “se establecerán los criterios…”.

Uno de los casos más patéticos para observar este comportamiento en Manizales es lo que está sucediendo en el sector Palogrande donde una nueva área de centralidad se viene consolidando, alterna a la fundacional, sin ningún tipo de planeación ni control urbanístico. Allí hay unas claras expresiones del deterioro progresivo que ya comenzaron a sufrir barrios como Palogrande, La Estrella y Belén, de una histórica tradición residencial.

Primero llegaron los grandes equipamientos urbanos: las universidades con sus respectivos Campus, el estadio de futbol y la unidad deportiva; más recientemente, aparecieron nuevos usos asociados a los servicios de salud, entre otros. Los primeros fueron expandiéndose con una gran autonomía, en muchos casos, sin cumplir con estándares mínimos de urbanismo. Los segundos, fueron ocupando las viviendas de mayor área, haciéndoles algunas reformas interiores para la atención de sus usuarios, luego fueron invadiendo parte de los espacios públicos con las ambulancias, dado que casi ninguna de ellas previó la necesidad de estacionamientos interiores para estos vehículos, y finalmente, los nuevos demandantes de estos servicios, comenzaron a ocupar las vías, las aceras, los antejardines y cuanto rincón fuera posible para estacionar sus vehículos particulares lo más cerca a cada una de las edificaciones. El resultado final, unos barrios convertidos en un gran parqueadero público por obra y gracia de la “sana mezcla de usos” como directriz fundamental del Plan de Ordenamiento Territorial.

Según el POT, las instituciones de salud requieren de edificaciones especializadas y deben incluir infraestructuras de parqueaderos. Sin embargo, se hacen algunas excepciones para los servicios de salud catalogados como IS-1, es decir, para los centros médicos, laboratorios y bancos de sangre considerados de “impacto medio” para los cuales se requiere parqueo a razón de dos (2) cupos por cada 50 M2 de área útil construida al interior del predio o en zona próxima (el subrayado es nuestro). Estas últimas no deberán estar a una distancia mayor a 300 metros. Buena parte de las Empresas Prestadoras de Salud (EPS) de hoy en día están incluidas dentro de esta categoría. Son los llamados centros de salud de garaje que se han vuelto tan comunes desde que el sistema de salud se privatizó. Casi todas ellas han optado por la norma más laxa, es decir, aquella que les permite desembarazarse de los parqueaderos, trasladándolos a una “zona próxima”, es decir, al espacio público de la ciudad. Lo dicho, el Estado crea la norma, luego la limita y finalmente acaba con ella.

De esta manera volvemos al principio de este problema: Las instituciones de salud pueden localizarse “donde se les dé la gana” porque la norma así lo permite. Si esta “lógica” de la planeación la hacemos extensiva a las demás actividades de comercio y de servicios que hacen presencia en el sector, podremos concluir porqué percibimos un deterioro progresivo de su medio ambiente urbano y la imposibilidad de poner un cierto orden por parte de las diferentes autoridades de control. Nada pudo hacer la planeación de escala intermedia que recientemente se ha inaugurado en la ciudad con relación al tema de parqueaderos. Nada, excepto aplicar el código de urbanismo y construcción vigente desde el año 1993.

Por fin, después de casi una década de formulación del POT, la administración municipal decide bajar las decisiones superiores de ordenamiento territorial a una escala intermedia, lo cual, sin duda, permitirá conocer mucho más la ciudad y facilitará su planeamiento. Sin embargo, y como lo hemos advertido en otras líneas, sin un nuevo código de urbanismo y construcción no podrá haber ordenamiento territorial posible. La PIP 10, encargada de planear este sector de la ciudad quedó acorralada desde el punto de vista normativo y de gestión por un código obsoleto y descontextualizado. Lo mismo sucede, obviamente, con las demás PIP de la ciudad.

Para poder superar este escollo, yo propondría varias acciones, a saber:

Que se aborde sin más aplazamientos, la reformulación del Código de Urbanismo y Construcción para contextualizarlo con las determinantes del ordenamiento territorial actual.

Que se desarrollen campañas ciudadanas orientadas al uso adecuado y responsable de los espacios públicos por parte de los usuarios de los vehículos privados.

Que se impulse un acuerdo entre los sectores públicos y privados del sector de Palogrande (especialmente entre el comercio, las instituciones de salud, las instituciones deportivas y las universidades) para materializar un modelo financiero y de gestión orientado a la construcción colectiva de edificios de parqueaderos que presten el servicio a todos estos usuarios con el fin de limitar al máximo las zonas de parqueo sobre las vía, recuperando y ampliando los espacios públicos para los peatones. Una Unidad de Gestión estratégicamente ubicada sería una opción viable.

Que se incentive el uso de los estacionamientos sobre la vía para perídos cortos de tiempo y no como parqueaderos permanentes como sucede en algunos casos.

Que la autoridad competente cumpla sus obligaciones en la aplicación de las normas de tránsito y ejerza los controles necesarios de manera oportuna.

18/08/09

30 de julio de 2009

Cuando el ordenamiento territorial llegó a la enseñanza de la arquitectura

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Al comenzar el siglo XXI era casi imposible hablar de odenamiento territorial en la enseñanza de la arquitectura en Colombia. Hoy, no sólo se ha generalizado en los contenidos curriculares, sino que se convirtió en un tema de enorme importancia en la práctica profesional. La incursión de estos conocimientos en el pensum de la carrera no vino sola, ni se debió al esfuerzo obstinado de algunos profesores por capacitar a sus estudiantes en unos temas que la práctica profesional estaba demandando con mayor fuerza. En realidad obedece a una serie de factores que comenzaron a actuar sistemáticamente y que las estructuras rígidas de la academia no lograban reconocer con la suficiente celeridad. Quizás los más importantes son:

- La crisis ambiental como producto de la transformación de un mundo rural en otro basado en ciudades.

- La revaloración del sentido de lo público como determinante fundamental de la ciudad y el urbanismo, y la mayor conciencia del Estado por retomar su liderazgo.

- La crisis urbana en Colombia, derivada del agotamiento del modelo desregularizado del desarrollo predio a predio.

- La aprobación de la Ley 388/97 o Ley de Ordenamiento Territorial y la necesidad de contar con profesionales capacitados para su implementación en los municipios colombianos.

- La presión cada vez más creciente por renovar el currículo de la enseñanza de la Arquitectura cuyos contenidos y metodologías han permanecido casi inmodificables desde la aprobación del primer programa de arquitectura en Colombia en la década de los años 30.

- La aparición de los primeros programas de formación posgradual en temas de urbanismo, planeación, ordenamiento territorial y medio ambiente en Colombia, luego de un largo período en que sólo un selecto número de profesionales de la arquitectura podían formarse en el exterior al nivel de maestrías o doctorados, a excepción del posgrado en Planeación Urbano-Regional de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, fundado en la década de los 60.

- La diversificación de los campos de acción de los profesionales de la arquitectura que les ha demandado nuevos conocimientos y competencias.

Podríamos detenernos en ahondar la incidencia que cada uno de estos factores ha tenido en la enseñanza de la arquitectura, pero esto sería tema de otro escrito. Más bien, nos interesa constatar que al comenzar el siglo XXI se evidenció la necesidad de abrir los campos de estudio y sus posibilidades de proyección. En efecto, todos estos cambios en el contexto internacional, nacional y local, abrieron la discusión sobre la enseñanza de la arquitectura, y particularmente, sobre la conveniencia de superar la idea tradicional de formar un profesional orientado a la proyectación del edificio como objeto de análisis y núcleo de la profesión, a otra mucho más compleja y exigente para los nuevos tiempos, como la de abrirse al reconocimiento de la diversidad de áreas del actuación que el propio ejercicio profesional estaba generando.

Los cambios de eje en la enseñanza y el ejercicio profesional: Un antídoto contra la crisis de la arquitectura.

En la búsqueda de esos cambios se trataba de preguntarse si el eje de la arquitectura continuaba siendo el restringido campo del oficio en torno al diseño arquitectónico, o si por el contrario, ante la academia se desplegaba un sinnúmero de posibilidades de actuación del arquitecto que van desde el uso y aplicación de las nuevas tecnologías en los diferentes campos del ejercicio profesional, pasando por las múltiples metodologías para abordar el proyecto, según la escala de análisis y de actuación, hasta la necesidad de reclamar un nuevo estatuto ético que ponga a la profesión en situación de igualdad con otras disciplinas en la generación de políticas públicas para cada uno de sus ámbitos de actuación. En últimas, el debate conducía hacia la posibilidad de reconocer o no una cierta mayoría de edad de la arquitectura, tanto a nivel profesional como disciplinar.

Lamentablemente, es muy posible que aún estemos en el escenario de un adulto que se niega a reconocer su condición y continúa bajo el abrazo protector de otras disciplinas en cuanto a sus preocupaciones epistemológicas y ontológicas, o peor aún, en franca dependencia con un ser asexuado llamado “cliente” que marca el devenir de la arquitectura en función de unos principios éticos ajenos a la disciplina, ligados a los intereses del capital y del mercado. Sin embargo, justo es reconocer que hay perspectivas promisorias de superación de tal estado de cosas.

Es precisamente el cambio de eje, de lo privado a lo público, o mejor, del edificio a la ciudad, que la arquitectura ha comenzado a salir de su propia crisis. Es en torno a la perspectiva de orientar la arquitectura hacia la solución de problemas complejos como máxima expresión del aporte de la profesión al interés general, público y colectivo, por donde comienzan a evidenciarse los caminos para trascender del oficio a la profesión y de ésta a la disciplina con sus propios estatutos teóricos y metodológicos.

Que no nos de temor abordar esos nuevos retos.

30/07/09

24 de julio de 2009

Arquitectura y soberanía

Restaurante en las playas de Juanchaco, Colombia.

Un grito desesperado por la dignidad de Colombia

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

¿Y qué tiene que ver arquitectura con soberanía?, preguntarán mis colegas. Yo diría que mucho, sobre todo si trasladamos nuestros recuerdos hasta hace dos décadas, un tiempo fugaz en el devenir de Colombia. No olvidamos el instante en que una escuelita y un puesto de salud construidos en Juanchaco y Ladrilleros -dos pequeñas aldeas en las costas del mar pacífico colombiano- echaron por la borda los sueños de democracia, soberanía y libertad consagrados en la reforma constitucional de 1991. Seis años después de que se abriera esa luz de esperanza para lograr la paz interna mil veces negada, se frustraron los sueños para miles de demócratas colombianos, entre los cuales me incluyo. En efecto, al finalizar esa década (1997) se reformó la constitución con dos temas fundamentales, la aprobación -una vez más- de la extradición de colombianos hacia EEUU, y la prohibición de la expropiación por motivos de utilidad pública e interés general, para devolver la “seguridad jurídica” a los capitales extranjeros. Un anticipo de lo que luego sería llamado eufemísticamente “la confianza inversionista” por parte del actual gobierno.

En 1998 esta reforma comenzó a tener sus primeros efectos. Un puñado de militares norteamericanos, aparentemente inofensivos, algunos vestidos de “contratistas”, salieron de la base Clayton en Panamá y desembarcaron en nuestras costas en un típico acto de colonización. Uno más. Trajeron médicos, ingenieros, saltimbanquis y peluqueros, donaron almuerzos y mercaditos a unas poblaciones históricamente olvidadas por el Estado colombiano. Y por supuesto, construyeron la escuelita y el puesto de salud como prolegómeno para ocupar la base militar de Málaga y hacer la pista aérea.

No intervinieron ni arquitectos, ni urbanistas, ni curadores urbanos en la selección del lugar o en los diseños de tales equipamientos, porque seguramente se aplicaron los mismos criterios contemplados en el Convenio de Manta (Ecuador), cuado se advierte que "estas actividades estarán excentas de permisos de construcción y tasas que prevé la legislación de la República del Ecuador". Tal vez ni existan planos que los respalden. Hoy el puesto de salud está cerrado por falta de equipos y la escuelita a duras penas se sostiene. Entre tanto, en la base militar y el aeropuerto se han ido instalando otros equipos altamente sofisticados para combatir el narcotráfico y de paso, hacer inteligencia geoestratégica en la región.

Dicen los historiadores que el gobierno norteamericano pagó al colombiano 25 millones de dólares de compensación por la segregación de Panamá y la posterior adquisición de los derechos sobre el Canal. Por su parte, el nuevo país debió aceptar por un siglo la presencia permanente de militares norteamericanos, controlando al canal y a los panameños. No sin resistencias, por supuesto. Posteriormente, los norteamericanos crearon en Panamá la tristemente célebre Escuela de Las Américas donde se formaron todos los dictadores que anegaron de sangre el suelo de Centro y Suramérica durante casi toda la segunda mitad del siglo XX.

Por contraste, en Colombia, la construcción de la escuelita y el puesto de salud en 1998, fue suficiente para pretender convertir al país, una década después, en una gigantesca base militar norteamericana policéntrica, luego de que los ecuatorianos, en un acto de soberanía y dignidad, suspendieran el convenio de ocupación de la base de Manta. Entonces, EEUU ofreció a Colombia la posibilidad de trasladar sus equipos militares a tres bases colombianas, Malambo en la costa norte, Palanquero a 100 kms de Bogotá y Apiay en el Meta.

Como anticipo de la toma militar de la base de Malambo, los ingenieros norteamericanos ya terminaron de construir otra escuelita y de ñapa un jardín infantil en una de las zonas más pobres y marginadas de Cartagena. Tampoco requirieron de permisos de construcción ni se asesoraron de un profesional competente para sus diseños arquitectónicos y constructivos.

Dicen también las noticias que el gobierno colombiano en un acto de gratitud por los favores recibidos, ofreció otras bases militares más, las de Larandia en Caquetá, Tolemaida en Tolima y Málaga en Buenaventura; en este último caso, el gobierno colombiano no tiene intensiones de reclamar nuevos recursos para garantizar el mantenimiento de la escuelita y el puesto de salud para no ponerle más arandelas a la firma del convenio. En todas ellas ya hay presencia militar norteamericana, así como en Puerto Carreño (Vichada) y Tres Esquinas (Caquetá) en donde sus radares monitorean el continente.

Una mentirilla piadosa de los gringos fue advertir que no se inmiscuirían en el conflicto interno colombiano. Hoy ese conflicto dejó de ser interno por las siguientes razones en las que han estado comprometidos personal civil y militar norteamericano: Cuando tres “contratistas” norteamericanos que hacían labores de inteligencia cayeron en las selvas colombianas y fueron apresados por un grupo subversivo; cuando la tristemente célebre United Fruit Company (hoy Chiquita Brands) admitió públicamente que habían financiado a los paramilitares para asesinar sindicalistas y campesinos del Urabá antioqueño, sin ningún efecto penal en Colombia; y cuando un grupo de militares colombianos, con la asesoría técnica norteamericana, irrumpieron en territorio ecuatoriano para bombardear un campamento de la guerrilla colombiana.

Con estos antecedentes, y el calificativo de auxiliadores de terroristas que de tanto en tanto se le zafa al presidente Uribe para referirse a sus homólogos de Venezuela y Ecuador, es difícil pensar que la generalizada presencia norteamericana en Colombia no se constituya en una verdadera amenaza para la región, menos aún cuando existen otros precedentes como la inmunidad diplomática para los militares norteamericanos que ha dejado impunes otros casos más, entre los cuales está el bombardeo a civiles en Santo Domingo (Arauca) con un saldo de 17 civiles muertos, luego de que “contratistas” norteamericanos le dieran a pilotos colombianos las coordenadas para el ataque o el episodio de los militares norteamericanos cogidos en flagrancia traficando cocaína desde Colombia o la violación de una menor por parte de dos marines norteamericanos en la base de Melgar. Ninguno de ellos ha pagado un solo día de cárcel, ni en Colombia ni en EE.UU.

Si la soberanía nacional y la paz en Latinoamérica depende de encontrar quién construya escuelitas y centros de salud en las áreas marginadas que rodean las bases militares colombianas, yo le propondría a mis colegas arquitectos que nos ofrezcamos como voluntarios para diseñar y construir gratuitamente los equipamientos civiles que sean necesarios, a condición de que los militares norteamericanos se queden tranquilitos en las bases de su país.

25/07/09

10 de julio de 2009

La intrascendencia del oficio en Arquitectura

Aspecto de la Biblioteca Nacional Francoise Mitterrand. París.

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Una corta mirada a la enseñanza de la Arquitectura permite descifrar que luego de la creación del primer programa académico en Colombia a partir de los años 30 del siglo XX, la profesión tuvo especial relevancia hacia los años 50 bajo la influencia del movimiento moderno y los Congresos CIAM, por un lado, y de la búsqueda de alternativas concretas a la solución de problemas relacionados con la vivienda, a través del Centro Interamericano de Vivienda y Planeamiento – CINVA– auspiciados por la OEA y la Universidad Nacional de Colombia, por otro. En ambos casos, tanto la universidad como las ciudades se volvieron laboratorios permanentes de experimentación, y los temas de la Arquitectura en Colombia y Latinoamérica adquirieron gran relevancia nacional e internacional como puede constatarse en una significativa producción literaria de la época que aún permanece a la espera de su racionalización en los anaqueles de la biblioteca del SINDU de la Universidad Nacional en Bogotá.

Posterior a estos hechos, podría decirse que la arquitectura en Colombia entró en crisis, no solamente porque perdió el liderazgo nacional e internacional que alcanzó en aquellos tiempos, sino porque no logró trascender el nivel del oficio, perdiendo toda credibilidad como instrumento para la solución de problemas complejos. Desde el punto de vista académico, la formación en torno al oficio del arquitecto, como preocupación de primer orden, tuvo diversas implicaciones: El taller de arquitectura, en donde se debatían las grandes tendencias nacionales e internacionales y se concretaban propuestas para la solución de problemas en diferentes escalas de análisis, se redujo a un proceso mecánico y mecanicista de transmisión de habilidades y destrezas en el oficio del diseño arquitectónico. En este sentido, la perspectiva humanista y la búsqueda de liderazgo que ello implicaba en las diferentes áreas del conocimiento de la arquitectura se fueron difuminando en torno a la subdivisión en compartimentos estancos, dejándo de confrontarse con la práctica social cotidiana.

Es el momento en que los énfasis se colocaron en la práctica del oficio y no en el desarrollo de la disciplina. En la formación como especie de “artesanos” del diseño de objetos y no en el liderazgo para la solución de asuntos problemáticos del espacio y el territorio en las diferentes dimensiones y connotaciones del hábitat. Esa práctica desafortunada, también nos colocó del lado del “arquitecto y su obra” como expresión de reafirmación de la individualidad, abandonando una concepción más amplia, universal y colectiva relacionada con la “arquitectura y el hábitat humano”. En consecuencia con ello, se debilitaron o desaparecieron asignaturas que nacieron con la arquitectura, tales como el urbanismo, la historia, las teorías del arte y la arquitectura, la vivienda, entre otras, que poco significaban para la tarea de formar en la práctica rutinaria del oficio específico del diseño arquitectónico. Ellas adquirieron, en el mejor de los casos, un carácter instrumental, secundario, contextual, o simplemente, desaparecieron de los programas de enseñanza.
Pero los hechos fueron más contundentes que el inmovilismo académico en la enseñanza de la arquitectura. Mientras los programas académicos reducían cada vez más su objeto de estudio en una especie de suicidio intelectual, al concentrar sus esfuerzos en la formación de un profesional exitoso por el número de edificios diseñados a las corporaciones financieras o al diseño de la casa de un ilustre empresario o político, o la satisfacción de las excentricidades arquitectónicas de las economías emergentes, la práctica de la profesión exigía unos niveles de actuación cada vez más diversificados y casi todos ellos orientados a la búsqueda de soluciones a problemas sociales de gran impacto colectivo. Se trataba por supuesto de la recuperación del espacio público, la atenuación de los problemas ambientales urbanos, la vivienda de calidad para los sectores más pobres de la población, los equipamientos colectivos, la movilidad urbana, la renovación de las áreas céntricas deterioradas, entre otros temas que el Estado había delegado en el mercado y que obviamente el mercado había aplazado indefinidamente.

Muy tímidamente, los primeros en ver la necesidad de ampliar el campo de actuación fueron las asociaciones de arquitectos y especialmente el Consejo Profesional de Arquitectura y Profesiones Afines, quienes impulsaron la aprobación de la Ley 435 de 1998 por la cual se reglamentó el ejercicio de la profesión. Allí se definió el ejercicio profesional de la arquitectura como una “actividad desarrollada por los arquitectos en materia de diseño, construcción, ampliación, conservación, alteración o restauración de un edificio o de un grupo de edificios”. Y a renglón seguido planteó que tal ejercicio profesional “incluye (sic) la planificación estratégica y del uso de la tierra, el urbanismo y el diseño urbano”. Un gran esfuerzo, valga la pena decirlo, para una actitud tan dogmática como la que prevaleció en los años precedentes. Pero era entendible, pues luego de la Ley de Ordenamiento Territorial (ley 388 de 1997) y sus decretos reglamentarios, una buena parte de las nuevas contrataciones y concursos públicos estarían originados en aquellas temáticas que con tanta dificultad se incluyeron como parte del ejercicio profesional.

En últimas, podría afirmarse que había razones de naturaleza económica, más que disciplinares, presionando por esta apertura a nuevas áreas del conocimiento. Aún así, la academia seguía sorda y muda a estos cambios, imbuida en una torre de marfil casi impenetrable. Sólo hasta comenzar el siglo XXI las escuelas de arquitectura iniciaron la discusión sobre la posibilidad de incluir nuevos temas en la última fase de la formación profesional como una opción para brindarles a los estudiantes de últimos semestres y a sus profesores, la oportunidad de volver por los fueros de la investigación en torno al proyecto arquitectónico, urbano y territorial. Ojalá pueda seguirse avanzando en esa dirección, por que claro, hay quienes también encuentran una contradicción entre la creatividad y la investigación y defienden la idea de que ésta última sólo puede alcanzarse en el tercer ciclo de formación universitaria. Craso error.

12/07/09

3 de julio de 2009

¿Es la región Eje Cafetero un territorio del conocimiento?

Lo que dicen los indicadores de casi una década en actividades de ciencia, tecnología e innovación.

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

A comienzos del mes de marzo de 2009, se publicaron los indicadores en Actividades de Ciencia, Tecnología e Innovación –ACTI– del Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología. Lo interesante de este informe es que cubre un período bastante amplio, desde los años 2000 a 2007, lo cual permite mirar en perspectiva la situación de la investigación en Colombia. Lamentablemente este informe no integra otros resultados muy interesantes que miden los avances del sector productivo en estas materias, como la Encuesta de Desarrollo e Innovación Tecnológica (2005), publicada por el DANE. A pesar de ello, su lectura sugiere muchas reflexiones. Quisiéramos hacer algunos comentarios relacionados con la región del Eje Cafetero, especialmente los departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda:

La región, a pesar de tener un tamaño relativamente pequeño en el concierto nacional ocupa un quinto lugar en el desarrollo de proyectos ACTI en el país. Sin embargo, a nivel nacional es evidente la marcada tendencia a la concentración de la inversión en Bogotá y Medellín, principalmente.

Desde el punto de vista de los proyectos de investigación, a nivel regional se observa un mayor interés por orientarse hacia los siguientes Programas Nacionales de Ciencia y Tecnología (PNCyT): Ciencia y tecnología agropecuaria; desarrollo tecnológico, industrial y calidad; electrónica, telecomunicaciones e informática, estudios científicos de la educación; biotecnología; ciencias del medio ambiente y el hábitat; ciencia y tecnología de la salud; ciencias básicas. Cada departamento reporta sus propias fortalezas y debilidades en estos campos: Caldas es fuerte en ciencia y tecnología agropecuaria y desarrollo tecnológico industrial y calidad, pero paradójicamente débil en ciencias del medio ambiente y el hábitat; Quindío concentra únicamente sus esfuerzos en ciencias y tecnología de la salud y ciencias básicas; Risaralda es fuerte en ciencias del medio ambiente y el hábitat y ciencia y tecnología de la salud. Caldas y Risaralda van mostrando indicadores crecientes en biotecnología.

Al comparar los proyectos ACTI –que son principalmente los resultados de los grupos de investigación adscritos a Colciencias– con las agendas internas para la productividad y la competitividad –que reflejan principalmente el interés del gobierno y las cámaras de comercio– se observa cierta incoherencia entre unos y otros, o mejor, entre las capacidades reales de investigación (academia) y los propósitos de los sectores productivos (empresas). Veamos:

De acuerdo a los indicadores de ACTI, en Caldas hay muy poca tradición en investigación asociada a la energía y minería, sin embargo, se ha seleccionado como una de las principales apuestas productivas; mientras que es destacada la investigación en electrónica, telecomunicaciones e informática, pero no hay una apuesta productiva al respecto. En Quindío no hay tradición de investigación en ciencias del medio ambiente y el hábitat, sin embargo, se ha propuesto valorar y proteger la biodiversidad, el medio ambiente y el desarrollo sostenible como una de las tareas prioritarias. Las investigaciones principales están en salud, pero tampoco hay ninguna estrategia productiva al respecto. Se da un valor muy importante al software como una de las cinco apuestas productivas, pero los grupos asociados en el departamento son todavía muy débiles. Los proyectos de investigación en Risaralda son mucho más diversificados y guardan coherencia con sus apuestas productivas.

En general, hay una gran diáspora de grupos de investigación en toda la región, con muy pocos investigadores adscritos. Sobresalen en fortaleza los grupos asociados al café, especialmente Cenicafé en Caldas.

En el campo de las revistas indexadas se evidencia una mayor presencia de las ciencias sociales y humanas y una gran deficiencia en las áreas de tecnologías en general. Evidentemente, las ciencias sociales demuestran una mayor capacidad de difusión de sus conocimientos a través de los medios impresos o electrónicos nacionales. La otra posibilidad, que no excluye lo anterior, es que las llamadas “ciencias duras” privilegien la publicación de sus artículos en revistas extranjeras, lo cual es bastante factible. La Universidad Nacional, sede Manizales, paradójicamente, no tiene ninguna revista indexada. Aquí hay una señal de alerta grave para esta institución.

Estos datos nos remiten a la urgente necesidad de avanzar en la formulación de una política regional en Ciencia, Tecnología e Innovación, que aún no existe. Y obviamente, el imperativo de concretarla con la sinergia de todos los actores: Academia, gobierno, sector productivo y sociedad civil. O mejor, trabajemos por un sistema territorial de innovación en la ecoregión Eje Cafetero para que los intangibles del conocimiento puedan materializarse integralmente en los tangibles del desarrollo territorial.

Para mayor información, ver: http://www.ocyt.org.co/

04/07/09