13 de junio de 2010

La anti-ciudad

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

En no pocas oportunidades he estado empleando el concepto de anti-ciudad para referirme a algunas dinámicas urbanas cuyos orígenes se encuentran en la adopción de la racionalidad de las empresas y mercados en la planeación-gestión de la ciudad y en su devenir en general. Bien valdría la pena avanzar en clarificar los contenidos de esta hipótesis.

La anti-ciudad no es la ausencia de ciudad. Por el contrario, es la expansión de la ciudad, incluso a ritmos cada vez más acelerados, pero por causas distintas a la búsqueda de soluciones a las necesidades mismas de sus principales habitantes y gestores, los ciudadanos. Es la ciudad sin sujetos colectivos, o como diría Armando Silva (1993) “la muerte del sujeto urbano”. Es la pérdida de la ciudad vivida. Y desde el punto de vista espacial, son “las ciudades que han abandonado el proyecto del espacio público como base para la composición de la ciudad”, tal y como lo sentenció Oriol Bohigas cuando visitó Caracas en el año 2008.

Esto quiere decir que para la anti-ciudad resulta completamente banal y superflua la construcción de ciudadanía como expresión cultural y política de la vida en comunidad. En su defecto, se va reemplazando por valores asociados al mercado. Los ciudadanos se convierten en clientes que deben comprar el acceso a sus servicios básicos, a la recreación y al deporte; también deben pagar el derecho a movilizarse por la ciudad o a disfrutar de los espacios abiertos con acceso al público, aunque no necesariamente públicos.

La anti-ciudad se opone al concepto de lugar como espacio referencial y de memoria. Es la pérdida de centro, tanto en términos geográficos como simbólicos. La centralidad como un denso entramado de actividades y de relaciones múltiples se va diluyendo en función de una red de flujos sin nodos que los articulen. Desde el punto de vista social disminuye o desaparece el contacto entre las personas, para quienes las nuevas TICs ejercen una labor de intermediación y en no pocas oportunidades crean una espacialidad virtual, muchas veces más real o dinámica que los espacios íntimos del hogar o colectivos como el trabajo. Las nuevas relaciones sociales ya no se dan directamente entre seres humanos, sino entre los individuos a través de los aparatos electrónicos. La noción de lugar bajo estas nuevas circunstancias está representada en los mundos virtuales, mientras que el espacio propiamente dicho retoma su condición instrumental como mercancía que produce y reproduce rentas inmobiliarias, fuerza de trabajo y capital. En este sentido, los nuevos espacios se construyen cada vez más por lo que representan en términos de su funcionalidad, en detrimento de los valores asociados al elevamiento constante de la calidad de vida.

Las autopistas expresas, la apertura de calles para la movilidad vehicular como bases fundamentales de la expansión urbana, los conjuntos habitacionales privados y los edificios cerrados al contacto con la calle, los proyectos inmobiliarios emprendidos con criterios de rentabilidad más que de necesidad, el centro comercial o el parque temático como espacios privados para uso público, o el espacio público destinado, administrado y usufructuado por los particulares. Todo ello es expresión del reino del artificio y la individualidad. La ciudad ya no se percibe en su totalidad, sino en sus fragmentos. No se habita en una ciudad, sino en un sector de ella. El resto es el territorio de “los otros” que deben ser atravesados más nunca recorridos.

Si la ciudad puede asimilarse metafóricamente a un Caleidoscopio de imagenes e imaginarios diversos y múltiples colores como resultado de unos giros espaciales que al combinarse con los rayos de luz se traducen finalmente en grandes acuerdos colectivos, en trayecto y trayectoria, es decir en proyecto urbano y ciudadano; la anti-ciudad no es más que la expresión de unos giros permanentes, sin principios ni fin. Un collage infinito cuyos fragmentos no logran por sí mismo encontrar un punto de equilibrio y por tanto son inestables, frágiles, efímeros.

http://www.eluniversal.com/2008/10/05/imp_ccs_art_caracas-es-una-anti_1072876.shtml
Silva Téllez, Armando (1993). Los imaginarios urbanos en América Latina. En: Hernández, Tulio (2010). Ciudad, espacio público y cultura urbana. 25 conferencias de la Cátedra Permanente de Imágenes Urbanas. Fundación para la Cultura Urbana N°82. Caracas. Venezuela

3 comentarios:

  1. es una concepción muy bien argumentada de la anti-ciudad.
    hoy me embarga una gran tristeza al darme cuenta cada vez mas, en el ejercicio de mi profesión,que es más lo que un arquitecto puede pensar que lo que puede hacer. Que mundo diferente fuese si tubieramos la oportunidad de tomar decisiones,pero lastimosamente,la politiqueria y los intereses particulares y privados priman sobre lo colectivo y lo público...quizas la arquitectura y el urbanismo terminen en un futuro reafirmandose como una utopia e idealismo de un mundo más humano.

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  2. Así es Stiven. Nunca hay que abandonar la utopía como posibilidad, pero hay que seguir trabajando, bien sea desde las ideas o desde la práctica profesional, por hacer más accesible la opción de continuar buscando otras maneras mas humanas de hacer ciudad y urbanismo

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  3. Estamos creando islas dentro de las islas, por eso a los "ciudadanos" ya no les interesa el concepto de ciudad y mucho menos su problemática. No hay apropiación de la espacialidad. Nos hemos aislado del futuro, solo nos interesa el presente, enmarcado en un concepto egoista sobre el desarrollo y la calidad de vida.

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